[PRENSA] Los hospitales olvidados de Granada: de los incurables de la Alhambra a los niños de la tiña
Leprosos, moriscos, mujeres sin recursos y enfermos contagiosos encontraron refugio en lugares que hoy pasan inadvertidos, la mayoría estaban situados en el Albayzín
Leer en Ideal, 5 agosto 2026
Granada estuvo llena de pequeños hospitales. Los hubo para leprosos, enfermos de tiña, moriscos, mujeres sin recursos y hombres con calenturas. Algunos se levantaron fuera de las murallas por miedo al contagio. Otros ocuparon palacios nazaríes o quedaron unidos a iglesias que todavía permanecen abiertas. Hubo incluso uno con solo siete camas junto a la Virgen de las Angustias.
Aquellos lugares tampoco se parecían demasiado a un hospital actual. En ellos se intentaba curar, aunque muchas veces apenas existieran remedios. También se daba comida, se ofrecía una cama y se preparaba al enfermo para la muerte. El médico, cuando lo había, compartía responsabilidades con el capellán. Las dietas y las medicinas importaban tanto como la confesión y los sacramentos.
Buena parte de aquella red desapareció. Un convento sustituyó al hospital de los moriscos; el de Santa Ana se perdió entre las reformas de Plaza Nueva; San Lázaro sobrevivió en el nombre de una calle. El Hospital de la Tiña, en cambio, continúa en pie dentro de un antiguo palacio nazarí por cuya puerta pasan muchos granadinos sin conocer qué ocurrió entre sus muros.
Esta ruta no pretende reconstruir toda la historia de la asistencia en Granada. Quedan fuera dos capítulos fundamentales: la obra iniciada por san Juan de Dios y el Hospital Real. Su importancia exige un recorrido propio. Aquí la mirada se detiene en otros centros mucho menos conocidos, algunos reducidos hoy a una dirección, una fachada o unas líneas en los archivos.
Un hospital dentro de la Alhambra
Los Reyes Católicos fundaron el Hospital Real de la Alhambra mediante una carta de privilegio fechada el 15 de mayo de 1501. Era una obra de gratitud cristiana por la conquista de Granada y recibió una renta anual de 170.000 maravedíes para sostener su actividad.
Abrió probablemente en el verano de 1504 junto al convento de San Francisco. Debía recibir a pobres aquejados por cualquier enfermedad, aunque sus fundadores reservaron una atención especial para los incurables y los lisiados que hubieran servido a la Corona. Al menos quince personas podían ser acogidas en sus dependencias.
Su organización permite conocer cómo se entendía entonces la asistencia. El médico indicaba las medicinas y las dietas. El capellán comprobaba cada día que se cumplieran sus prescripciones, pero también decía misa, confesaba a los ingresados y les administraba los sacramentos. Un mayordomo llevaba las cuentas, mientras varios visitadores inspeccionaban semanalmente si los enfermos recibían el trato establecido.
El hospital no nació como una simple enfermería para soldados ni como una solución provisional. Sin embargo, tuvo una vida corta. Mientras atendía a sus pacientes, junto a la Puerta de Elvira avanzaba la construcción de un edificio mucho mayor. El 6 de diciembre de 1526, los enfermos abandonaron la Alhambra para instalarse en el nuevo Hospital Real. Con ellos se trasladaron parte de los trabajadores, las rentas y las obligaciones de la antigua fundación.
El Hospital Real acabaría convertido en uno de los grandes monumentos de Granada. Su precedente quedó atrás, confundido entre las transformaciones de la ciudadela. La documentación lo sitúa junto al convento de San Francisco.
La atención a los enfermos, en cualquier caso, no había comenzado con los Reyes Católicos. Cerca del Darro, en el bajo Albaicín, Muhammad V había levantado durante la segunda mitad del siglo XIV el Maristán. Organizado alrededor de un patio con una gran alberca, atendía a enfermos pobres en habitaciones distribuidas en dos plantas. Después de la conquista fue convertido en Casa de la Moneda y sufrió siglos de transformaciones y abandono. La restauración de su pórtico y parte de la alberca ha permitido recuperar en los últimos años un capítulo esencial de la historia asistencial de Granada.
El hospital que solo dejó una plaza
Para encontrar uno de los centros más olvidados no hay que buscar una gran fachada. Basta con llegar hasta la Placeta del Abad. Nada indica que allí estuvo el Hospital General de los Moriscos. No se conserva una puerta, una inscripción ni un resto reconocible.
Su existencia habla de una Granada en la que la asistencia también estaba dividida por el origen y la religión de los enfermos. Los moriscos contaron con un hospital propio hasta 1569, cuando las relaciones con las autoridades cristianas habían alcanzado uno de sus momentos más difíciles.
Ese mismo año comenzó la rebelión de las Alpujarras. El hospital fue demolido y sobre el solar se levantó después el convento de los agustinos descalzos. La ciudad continuó ocupando aquel espacio hasta borrar casi por completo su primera función. En la Placeta del Abad no se visita un edificio, sino el lugar que dejó una institución desaparecida junto a la comunidad para la que había sido creada.
Muy cerca se encuentra una historia distinta. En el número 28 de la calle Tiña permanece uno de los hospitales más singulares de Granada. Se llamó oficialmente Hospital de Nuestra Señora del Pilar, aunque el nombre de la enfermedad terminó imponiéndose al de la Virgen.
José de la Calle y Heredia, caballero veinticuatro de Granada, lo fundó en 1662 como agradecimiento por haberse curado de la tiña. La enfermedad, provocada por hongos, afectaba especialmente al cuero cabelludo, causaba lesiones y provocaba la caída o rotura del cabello. Su facilidad para transmitirse entre los niños hizo necesario mantenerlos alejados durante largos periodos.
Los tratamientos empleados históricamente contra la tiña podían resultar casi tan duros como la propia enfermedad. Antes de que existieran medicamentos eficaces, la curación pasaba por eliminar los cabellos infectados. Se arrancaban con pinzas o mediante la llamada «calota», una pasta resinosa que se pegaba con fuerza al cuero cabelludo y que, al retirarse, se llevaba tanto el pelo enfermo como el sano.
También se recurrió a provocar la supuración para facilitar la caída del cabello. Además del dolor, el procedimiento podía dejar cicatrices y una alopecia definitiva. El pelo parasitado se rompía con facilidad y cualquier resto podía causar una recaída. La depilación tenía que repetirse y el aislamiento podía prolongarse durante meses.
En aquellas salas ingresaron principalmente niños y personas cuyas familias no podían costear el tratamiento. Detrás del nombre casi pintoresco del hospital hubo curaciones dolorosas, largas separaciones y una enfermedad que marcaba de forma visible a quienes la padecían.
El edificio añade otra historia. El centro se instaló en un antiguo palacio nazarí donde, según la información patrimonial del Ayuntamiento, Boabdil fue proclamado por segunda vez rey de Granada en 1487. En el patio permanecen columnas, una alberca y otros elementos de aquella residencia. El mismo lugar pasó de estar relacionado con la corte del último reino nazarí a recibir, casi dos siglos después, a niños enfermos de tiña.
Los que debían vivir fuera
Si el Hospital de la Tiña se encontraba dentro del Albaicín, San Lázaro debía permanecer lejos de la población. Fue fundado en 1496 para recibir a enfermos de lepra y se levantó fuera de las murallas, cerca de la Puerta de Elvira y de uno de los caminos de entrada a Granada.
La ubicación no era secundaria. La lepra despertaba miedo y rechazo, y la medicina ofrecía pocas posibilidades de curación. La respuesta consistía en apartar a quienes la padecían. Ingresar en San Lázaro suponía recibir alimento y refugio, pero también quedar fuera de la vida ordinaria de la ciudad.
Sus primeros pacientes procedían de un hospital morisco situado en el entorno de la antigua Bib-Rambla. Tras la conquista fueron trasladados al nuevo establecimiento, dentro de una reorganización en la que la atención al enfermo avanzó unida a la cristianización.
El edificio desapareció, aunque su presencia quedó fijada en la calle Hospital de San Lázaro y en el nombre del entorno. En este caso, Granada conservó mejor la dirección que el hospital.
La calle que llegó a llamarse hospitales
Cerca de Plaza Nueva, entre comercios y alojamientos turísticos, permanece la iglesia del Corpus Christi, conocida popularmente como los Hospitalicos. Su nombre guarda la historia de uno de los principales enclaves asistenciales de la antigua calle Elvira. La hermandad del Corpus Christi mantuvo allí uno de aquellos pequeños hospitales. El conjunto comenzó a levantarse a mediados del siglo XVII y, aunque la actividad asistencial cesó, su iglesia sigue abierta.
El nombre de Hospitalicos tiene una explicación más amplia. Frente al Corpus Christi se encontraba el Hospital de la Caridad y Refugio, dedicado principalmente a mujeres. La presencia de ambos hizo que este tramo llegara a ser conocido como la calle de los Hospitales.
Caridad y Refugio había comenzado a funcionar en 1532. En el siglo XVIII disponía de treinta camas: veinte para enfermas y diez para convalecientes. Recibía a mujeres de Granada y de pueblos de la Vega, muchas pertenecientes a familias trabajadoras que no podían afrontar por sí solas una enfermedad.
La hermandad no limitaba su actividad a las salas del hospital. Ayudaba a presos, entregaba dotes a huérfanas y daba sepultura a ajusticiados, ahogados y personas que morían sin familiares ni dinero para un entierro.
El edificio fue derribado en 1915 y la institución se trasladó. De aquel enclave asistencial permanece principalmente la iglesia de los Hospitalicos, con un nombre que sigue contando lo que hubo a su alrededor.
Treinta camas en Plaza Nueva y siete junto a la Patrona
También Plaza Nueva tuvo su hospital. Frente a la Real Chancillería se levantaba el Hospital Mayor de la Encarnación, más conocido como Hospital de Santa Ana. Lo fundó a comienzos del siglo XVI el primer arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera, con el respaldo de los Reyes Católicos.
Llegó a contar con un máximo de treinta camas y recibía exclusivamente a hombres. Muchos ingresaban con calenturas, una denominación que reunía entonces distintas enfermedades acompañadas de fiebre. Los heridos y quienes padecían males contagiosos debían buscar atención en otros lugares.
La entrada tampoco comenzaba necesariamente ante el médico. Salvo en los casos más urgentes, el enfermo debía confesarse y comulgar. La atención al cuerpo no se concebía sin la preparación del alma.
La cercanía del Darro terminó haciendo poco recomendable el edificio. La humedad, la falta de luz y la estrechez de las salas llevaron al Arzobispado a buscar otra sede. En el último cuarto del siglo XVIII adquirió el antiguo palacio de los Mendoza, hoy Escuela Técnica Superior de Arquitectura, para trasladar allí el hospital.
Su primera casa desapareció entre las reformas que transformaron Plaza Nueva. Miles de personas atraviesan actualmente el espacio que ocupó sin ninguna señal clara de que allí ingresaron durante siglos los hombres enfermos de Granada.
La última parada se encuentra junto a la Virgen de las Angustias. Cuando Felipe II concedió a la hermandad los terrenos de las antiguas Tinajerías, donde hoy se levantan la basílica y sus dependencias, lo hizo para que construyera una iglesia y fundara un hospital.
El proyecto tardó en hacerse realidad. Comenzó a funcionar de forma provisional en 1645 y quedó establecido a partir de 1674. Solo tenía siete camas, repartidas en un inmueble de dos plantas con capilla propia. Recibía pacientes de Granada y también a personas llegadas de otras localidades. Sus reducidas dimensiones y el trato dispensado hicieron que gozara de buena consideración entre los granadinos.
Mantenerlo exigió durante aproximadamente un siglo y medio un esfuerzo económico constante a la hermandad. Aquella actividad terminó cesando, pero no desapareció por completo del edificio. La antigua sala hospitalaria se conserva dentro del conjunto de la basílica y forma parte de su exposición permanente.
La Granada desconocida
La red fue mucho más extensa. Hubo también un Hospital de Peregrinos, cuya localización y evolución todavía presentan dudas, y otras fundaciones menores que cerraron, cambiaron de sede o acabaron absorbidas por instituciones mayores.
Cada una respondía a una necesidad y a la manera en que aquella sociedad ordenaba la enfermedad y la pobreza. Los leprosos eran enviados fuera de las murallas; los niños con tiña soportaban curas e ingresos prolongados en el Albaicín; los moriscos disponían de un centro propio; Santa Ana recibía a hombres con calenturas y las Angustias mantenía siete camas junto a su iglesia.
De aquella red quedan patios, iglesias y nombres conservados en el callejero. En otros lugares no permanece nada visible. Es la Granada de las epidemias, el aislamiento y la pobreza, cuando la curación del cuerpo y la salvación del alma ocupaban la misma habitación.

