[PRENSA] La pequeña capilla de la calle Elvira que esconde una gran historia de Granada
Miles de personas pasan cada día junto a este discreto rincón sin imaginar que aquí estuvieron la librería y la primera vivienda de Juan Ciudad Duarte.
Granada tiene esa extraña capacidad. Siempre guarda un rincón más, una historia que aún no conocemos o un detalle que llevamos años contemplando sin llegar a descubrir. Quizá sea el precio de la costumbre. Con el tiempo dejamos atrás la curiosidad de la infancia y aprendemos a caminar deprisa, convencidos de que ya conocemos la ciudad. Pero Granada siempre recompensa a quien decide mirar con calma. Basta detenerse unos segundos para descubrir una pequeña capilla de piedra incrustada entre los edificios. No impresiona por su tamaño ni por una arquitectura monumental. Su importancia está en otra parte. No en lo que vemos, sino en el lugar que recuerda.
Durante casi cinco siglos, este rincón ha conservado un recuerdo que ha pasado de generación en generación. La tradición histórica, mantenida por la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y respaldada por la investigación desarrollada por el Archivo-Museo Casa de los Pisa, sitúa aquí la pequeña librería donde Juan Ciudad Duarte comenzó su vida granadina tras llegar a la ciudad en 1538. Todo indica que aquel reducido espacio fue también su primera vivienda. Ocupó uno de los antiguos habitáculos abiertos en la propia Puerta de Elvira, dependencias que siglos antes habían servido para alojar a los soldados encargados de vigilar uno de los principales accesos a Granada.
Hoy cuesta imaginar aquella escena. Donde ahora se suceden comercios, tráfico… Durante siglos latió una de las puertas más importantes de la ciudad. Antes de que existiera la Gran Vía, Granada entraba y salía por este mismo lugar. Comerciantes, arrieros, peregrinos y viajeros procedentes de Castilla cruzaban diariamente la Puerta de Elvira. Con toda probabilidad, también lo hizo aquel hombre que acababa de llegar desde Gibraltar, después de pasar por Sevilla. No buscaba fundar hospitales. Ni crear una orden religiosa. Ni convertirse en santo. Llegó como tantos otros viajeros que intentaban abrirse camino en una ciudad nueva. Lo demás vendría después.
Cada mañana, aquel pequeño rincón despertaba como cualquier otro comercio de la ciudad. Sobre un sencillo mostrador se alineaban algunos libros de devoción, estampas impresas y rosarios para quienes atravesaban la Puerta de Elvira camino del corazón de Granada. Era un negocio humilde, uno más entre los muchos que daban vida a una de las calles más transitadas de la ciudad. Nadie podía imaginar que aquel librero acabaría dando nombre a hospitales repartidos por todo el mundo. Aquel hombre se llamaba Juan Ciudad Duarte. El mundo terminaría conociéndolo como San Juan de Dios.
Su estancia en este lugar marcó el comienzo de la etapa más decisiva de su vida. Francisco de Castro, autor de la primera biografía del santo publicada en 1585, concedió una importancia especial a los distintos oficios que desempeñó porque, a través de ellos, podía seguirse la evolución de un hombre que pasó años buscando su lugar. El último fue precisamente el de vendedor de libros e imágenes religiosas. Ese detalle ha llevado a varios investigadores de la Orden Hospitalaria a revisar una idea repetida durante siglos: la de un San Juan de Dios completamente analfabeto. Sin convertir esa cuestión en un debate historiográfico, resulta difícil imaginar que quien dedicaba su trabajo a vender libros viviera completamente ajeno al mundo de la lectura.
Un lugar cotidiano
Poco después de instalarse en Granada ocurrió algo que cambiaría por completo el rumbo de su vida. Juan Ciudad escuchó predicar a San Juan de Ávila y aquellas palabras provocaron una profunda conmoción interior. Las crónicas relatan que su reacción desconcertó a quienes lo rodeaban y terminó llevándolo al Hospital Real. Lo que para muchos pudo parecer el final de una historia fue, en realidad, el comienzo de otra muy distinta.
Cuando abandonó el hospital regresó a esta misma casa. Volvió a la pequeña librería donde había empezado su aventura granadina y tomó una decisión radical: repartir cuanto poseía entre los más necesitados y dedicar su vida al cuidado de los pobres, los enfermos y quienes nadie quería atender. Aquel vendedor de libros desapareció para siempre. Desde entonces comenzó un camino que lo llevaría hasta la cercana calle Lucena, donde abrió el primer hospital de una obra que, con el paso de los siglos, acabaría extendiéndose por todo el mundo.
Un pequeño templo neogótico
El edificio que hoy se alza en la calle Elvira no es el que conoció San Juan de Dios. La capilla actual fue construida en 1880 sobre otra anterior que, desde hacía siglos, recordaba el lugar donde la tradición situaba la librería y la primera vivienda de Juan Ciudad Duarte tras su llegada a Granada. La inscripción de la fachada conserva ese momento para la historia: la reedificación fue financiada por José María Vasco y Vasco, caballero de la Real Maestranza de Ronda, y el templo fue bendecido el 30 de septiembre de 1880 por el arzobispo Bienvenido Monzón. A comienzos del siglo XX, una vez restaurada la Orden Hospitalaria en España tras la desamortización, los Hermanos de San Juan de Dios adquirieron este espacio y desde entonces se encargan de conservar uno de los lugares más simbólicos de su historia.
Su reducido tamaño hace que muchos viandantes pasen de largo sin reparar en ella. Sin embargo, basta detenerse unos segundos para descubrir un edificio con personalidad propia. La fachada responde al estilo neogótico, reconocible por el gran arco apuntado de acceso, las pilastras rematadas por pináculos y el escudo de la Orden Hospitalaria que corona la portada. Todo en ella transmite sencillez. Nunca pretendió competir con los grandes templos de Granada. Su razón de ser era mucho más sencilla: señalar el lugar donde comenzó una historia que la ciudad se negó a olvidar.
El interior mantiene esa misma sobriedad. De planta casi cuadrada y dimensiones reducidas, conserva una imagen de San Juan de Dios presidiendo el altar. No es una capilla concebida para impresionar al visitante por su riqueza artística, sino para recordar que fue aquí donde un vendedor de libros inició el camino que acabaría convirtiéndolo en uno de los personajes más universales de Granada.
Una de las inscripciones recuerda que, con motivo de su consagración, el papa Pío X concedió indulgencias a quienes acudieran a orar ante la imagen del santo en el aniversario de aquella ceremonia. La otra deja constancia de que el altar fue dedicado a San Juan de Dios y alberga reliquias del fundador de la Orden Hospitalaria, así como de los santos Marcial, Celestino, Mansueto y Librada.
Las paredes de la capilla también evocan el reconocimiento que este lugar recibió por parte de la Iglesia. Uno de los paneles recuerda la concesión de indulgencia plenaria por León XIII a los fieles que acudieran a rezar durante la festividad de San Juan de Dios, un privilegio espiritual que contribuyó a reforzar el carácter devocional de este pequeño oratorio.
Hay lugares que un día dejamos de mirar. No porque hayan cambiado, sino porque creemos conocerlos de memoria. La pequeña capilla de San Juan de … Dios, en plena calle Elvira, pertenece a esa categoría de rincones que esperan, en silencio, a que alguien vuelva a detenerse frente a ellos. Miles de personas pasan cada semana por este punto camino del Albaicín, Plaza Nueva o el centro de Granada. Muy pocas levantan la vista. Y, sin embargo, pocos lugares de la ciudad esconden una historia tan sorprendente como este.

