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[PRENSA-OPINIÓN] Albayzín en almoneda

Agustín Martínez habla con claridad en este artículo sobre la situación del Albaicín y las operaciones urbanísticas e inmobiliarias que están poniendo en peligro al barrio.

El Albayzín, ese laberinto de cal y silencio que la UNESCO protegió para la humanidad, parece haber sido puesto en almoneda ante la incalificable pasividad de la mayoría de la sociedad granadina. No estamos hablando de proteger un legado, sino de gestionar una liquidación por cierre de modelo de ciudad. La reciente noticia sobre la venta del convento de Santa Inés para uso hotelero no es un hecho aislado; es el penúltimo clavo en el ataúd de un barrio que está dejando de ser vecindario para convertirse en un parque temático de lujo.

Agustín Martínez en El Independiente, 14-5-2026

Lo que está ocurriendo con Santa Inés es el paradigma del cinismo administrativo. Hace apenas unos años, se nos vendió con pompa y boato una innovación urbanística, aprobada por unanimidad en el Pleno del Ayuntamiento, que pretendía blindar los edificios patrimoniales sensibles frente a la voracidad del «Residencial Singular». Entonces, hasta la Junta de Andalucía se ponía estupenda alegando que el uso hotelero era incompatible con la protección del barrio. Pero en esta ciudad, la coherencia tiene la caducidad de un yogur bajo el sol de agosto y donde dijeron «digo», ahora dicen «Diego».

Resulta escandaloso que un inmueble de esta relevancia, rodeado de joyas como el Maristán, la Muralla Zirí o el Bañuelo, haya sido adquirido por un millón y medio de euros, un precio que los expertos califican de irrisorio, para que, apenas unos meses después, la alfombra roja del uso hotelero se despliegue ante los nuevos propietarios. ¿Es una casualidad urbanística o estamos ante una operación diseñada para multiplicar la rentabilidad privada a costa del interés público? La pregunta es retórica, pero la respuesta duele en el alma de Granada.

Este goteo de pérdidas es constante y desolador. La Abadía del Sacromonte, símbolo de la identidad granadina, el Carmen de las Maravillas o el Centro de Menores de San Miguel, son piezas de un tablero donde la ciudadanía no juega. La Iglesia y las administraciones parecen haber olvidado que el patrimonio no es una propiedad privada, sino una memoria colectiva. Cada vez que un convento o un carmen se convierte en un hotel de cinco estrellas, se expulsa un poco más la vida real del barrio. Se vacían las calles de vecinos para llenarlas de maletas de ruedas; se cierran las tiendas de ultramarinos para abrir franquicias de helados; se apaga la luz de una casa habitada para encender el neón de una recepción.

Estamos ante una traición al modelo de ciudad que se nos prometió. ¿Cómo puede Granada aspirar seriamente a ser Capital Europea de la Cultura en 2031 mientras permite que sus entrañas patrimoniales sean devoradas por la gentrificación más salvaje? Un barrio histórico no es un museo muerto ni un escenario de cartón piedra para turistas con alto poder adquisitivo; es un organismo vivo que necesita usos sociales, equilibrio y, sobre todo, dignidad. No se protege el Albayzín solo restaurando sus piedras si dentro de ellas ya no late el corazón de los granadinos.

La sensación de impunidad es asfixiante. Las reglas urbanísticas parecen ser un chicle que se estira o se encoge según quién firme el cheque o qué despacho del Ayuntamiento o la Junta de Andalucía decidan «flexibilizar» sus criterios de protección. Aquellas líneas rojas que hace tres años eran infranqueables hoy son difusas sombras que desaparecen ante la oportunidad de negocio. Es una política de hechos consumados donde el vecino es el último en enterarse y el primero en sufrir las consecuencias.

Sin embargo, hay una verdad que los despachos y los fondos de inversión suelen olvidar: la soberanía sigue residiendo en la voluntad de quienes habitamos estas calles. Este domingo, las urnas no solo recogerán papeletas; recogerán nuestra respuesta a este desmantelamiento programado de nuestra identidad. El voto es la herramienta más poderosa, quizá la última que nos queda, para decir «basta». Es el momento de decidir si queremos una ciudad que se arrodille ante el mejor postor o una ciudad que se mantenga en pie defendiendo su historia.

Votar este domingo no es solo un trámite administrativo; es un acto de resistencia patrimonial. Es el momento de exigir responsabilidades a quienes votaron una cosa en el Pleno y ahora permiten la contraria por la puerta de atrás. Es el momento de recordarles que el Albayzín no es suyo para venderlo, sino nuestro para vivirlo. Si nos quedamos de brazos cruzados mientras Santa Inés, la Abadía, el Carmen de las Maravillas o San Miguel se convierten en suites premium, habremos perdido el derecho a quejarnos cuando la última familia abandone el barrio.

Granada no necesita más hoteles de lujo en enclaves sensibles; necesita que su patrimonio sirva a su gente. Necesita recuperar el Carmen de San Miguel para el barrio, el Sacromonte para su cultura y Santa Inés para un uso que no sea el lucro de unos pocos. La papeleta de este domingo es el muro que podemos levantar contra la especulación. No permitamos que el próximo «digo» sea la despedida definitiva de nuestro barrio más universal. Salgamos a votar para que el Albayzín siga siendo de Granada y no del mejor postor.

Agustín Martínez.

Categoría:Novedades, Opinión, Prensa
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