[PRENSA] El gran falsificador del Albaicín: enterraba antigüedades falsas de noche y las ‘descubría’ de día
Juan de Flores encontró en 1754 importantes restos de la Granada romana, pero terminó protagonizando uno de los fraudes arqueológicos más sorprendentes de la ciudad
Juan de Flores tenía un problema bastante peculiar: había realizado un descubrimiento arqueológico extraordinario y, aun así, parecía no tener suficiente.
A mediados del siglo XVIII, este beneficiado de la Catedral de Granada y gran aficionado a las antigüedades comenzó a excavar en la Alcazaba Cadima, en la parte alta del Albaicín. En 1754 localizó auténticos restos de época romana de enorme interés para reconstruir el pasado de la ciudad. Entre ellos se encontraba un enlosado que las investigaciones posteriores han relacionado con la plaza principal de la antigua ciudad romana.
Podría haber pasado a la historia únicamente por aquello. Sin embargo, terminó protagonizando uno de los grandes fraudes arqueológicos de la Granada de la Ilustración.
Falsificaciones enterradas para volver a encontrarlas
Las excavaciones de Juan de Flores se desarrollaron entre 1754 y 1763 y comenzaron proporcionando resultados verdaderamente importantes. El problema llegó después. En 1754 localizó auténticos restos de época romana de enorme interés para que posteriormente aparecieran durante las excavaciones ante los ojos maravillados de los presentes en la zona que contribuyeron a expandir la hazaña por el boca-oreja.
El arqueólogo e historiador Manuel Sotomayor reconstruyó minuciosamente el episodio en el libro Don Juan de Flores y Oddouz, pícaro y mártir. Cultura y picaresca en la Granada de la Ilustración, publicado por la Editorial Universidad de Granada en 2007 como reedición de una investigación aparecida originalmente en 1988.
El estudio muestra cómo unos hallazgos auténticos terminaron mezclándose con una trama de falsificaciones que consiguió engañar durante años a una parte del público granadino. Y Flores llevó el embuste bastante lejos.
Los alfabetos inventados de Flores
Entre los documentos falsificados aparecieron textos confeccionados con alfabetos y signos inventados, suficientemente complicados para resultar incomprensibles incluso para algunos conocedores de la materia. Después ocurría algo especialmente conveniente: el propio Flores demostraba una extraordinaria capacidad para interpretar aquellas antiguas inscripciones que prácticamente solo él podía descifrar. Su aparente habilidad, por ende, contribuyó a aumentar su prestigio.
Un fraude que llegó hasta Fernando VI
La operación tampoco se desarrollaba en la clandestinidad de un pequeño grupo de aficionados. Las excavaciones habían despertado una enorme expectación y Flores llegó a disfrutar de favores reales y financiación del monarca Fernando VI.
Detrás de aquellas falsificaciones existía además un debate mucho mayor: dónde se encontraba la antigua Iliberri y cuál era realmente el pasado romano y paleocristiano de Granada. El episodio se insertaba, además, en una ciudad que ya arrastraba una larga controversia en torno a otras falsificaciones históricas, especialmente los Libros Plúmbeos del Sacromonte.
El engaño terminó por descubrirse y Flores acabó ante la justicia. El proceso hizo desfilar por la Real Chancillería de Granada a numerosos testigos y acusados y dejó una documentación excepcional. Parte de ella fue publicada ya en 1781 en la Razón del juicio seguido contra los falsificadores de la Alcazaba del Albaicín de Granada, que recoge las pruebas, declaraciones, confesiones y sentencia del proceso. La Universidad de Granada publicó posteriormente una edición facsímil de aquella obra.
Flores terminó condenado, humillado, rechazado y enfermo, según recoge la Universidad de Granada. Pero las consecuencias de sus actos fueron más allá de su propia suerte: el escándalo desacreditó durante años los trabajos arqueológicos realizados en el Albaicín y dificultó el conocimiento de los auténticos restos romanos que habían aparecido allí.
La paradoja es quizá lo más sorprendente de toda la historia. Juan de Flores no necesitaba inventarse el pasado de Granada porque ya había encontrado una parte del verdadero. Pero las piezas que decidió fabricar terminaron eclipsando durante mucho tiempo los auténticos vestigios que había tenido bajo sus pies.

