[PRENSA-OPINIÓN] ‘Todo el mundo en todas partes’
Trasiego de turistas y viajeros con maletas por la Carrera del Darro.
Somos víctimas. Esto nos queda grande. Una ola monstruosa barre el planeta y cambia lo que somos sin pedir permiso. Todo el mundo puede viajar y lo sabemos bien. Un ente invisible y poderoso mueve un papel en la sede de un fondo de inversión y el edificio en el que vivía tu abuela se convierte en un bloque de apartamentos turísticos. Un KFC en Reyes Católicos, centros comerciales del tamaño de Murcia, focaccias en Bib-Rambla. Pasa en todas partes.
Gorka Rodríguez en el Independiente, 9-1-2026
Quizá un ejecutivo de Nueva Jersey le esté preguntando ahora mismo a su IA por oportunidades de inversión en Europa. Y quizá descubra que en una pequeña ciudad al sur del viejo continente las operaciones inmobiliarias se cierran con márgenes superiores al 10%. No sabrá dónde está el Realejo, no sabrá la historia del Cebollas ni de los Seis Duros, ni bajó en bata a la calle el día de los terremotos. No sabrá que no se debe pedir ración hasta que no venga la tapa ni que nuestra palabra favorita tiene cinco letras.
El efecto mariposa te puede. Es un caos expansivo que lo ocupa todo y que convierte la vida cotidiana en un daño colateral. Está feo decirlo pero el turismo nos está comiendo y tiene mal arreglo. Ya no hay temporada alta o baja. Hay gente siempre. Y eso no renta.
Nunca saldré con pancartas a molestar a los turistas ni haré pintadas para intimidarles. Solo protestaré suspirando muy fuerte cuando sea el único local en una cola. Tal vez me negaré a fotografiar a alguno de ellos en uno de nuestros decorados. Mi venganza será, en cualquier caso, inofensiva.
Hoy somos esto. Y los somos desde hace mucho. Una vuelta por la Carrera del Darro y empiezas a dudar de la impenetrabilidad de los cuerpos. Vas de paseo pero coges velocidad y empiezas a apartar a gente. Abran paso. Yo-soy-de-aquí.
Lo que antes era un bar inmundo hoy es un grupo hostelero con un logo pretencioso. Donde había un tendero ahora hay una marca. No quedan ingenuos por aquí. El dueño es el CEO -obvio-, el camarero, un recurso humano tatuado, y la hamburguesa se come con guantes. Mi madre no tiene dónde ir. Hace poco supo que su Cola Zero vale 580 pesetas. El sitio de siempre se transformó en algo que nunca fue. Su plato estrella no es una receta aceitosa. Creo que está en TikTok y no lleva nada de grasa. Mira, allí han puesto otro hotel.
Los bajos ruinosos de los barrios chungos, donde ensayaban grupos que jamás llegaron a nada, ahora se alquilan a parejas de italianos que tampoco llegarán a nada. Ni siquiera se gustan. Las persianas suben, pero no para nosotros. Alguien gana mucho dinero pero no sabemos quién es.
Granada se llena de gente que viene a mirar. Aterrizan y no saben ni dónde están. Y, en realidad, queridos, estáis en mi casa. Todos los días me pisais la alfombra y no os quitáis los zapatos antes de entrar. Para vosotros, Granada es una parada, un buen rato, el rollo de una noche. Yo me quería casar con ella.
La sensación es nueva y vieja a la vez: ser un extraño en tu propia ciudad. Es un engranaje perfecto, invisible, demoledor. Te va robando espacios sin violencia. El final es un fundido a negro. De fondo, el estruendo de las maletas que ruedan por mi calle a tope de volumen. Puro Wagner. La Cabalgata de las Valkirias proclamando nuestro fracaso. Los sitios que éramos, las cosas que sentimos, nuestra infancia. Todo sacrificado, no en el altar de la evolución y el progreso, sino en el de la avaricia.
Me pregunto dónde acabará esto. Cuando la última señora del Albaicín pase a mejor vida. Qué pasará cuando ya no quede nadie que recuerde cómo eran nuestras cuidades antes de convertirse en lo que son hoy. Nuestros padres se mueren y solo queda nuestra memoria.
Qué seremos. La ciudad funcionará sin ciudadanos. Eso seguro. Lo hará como un reloj. El Metro llegará a su hora. Pero ya será muy tarde.

Gorka Rodríguez es periodista.

