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[PRENSA] Si don José levantara la cabeza

Laureano Sánchez Perea recuerda a José Fernández Castro, don José, gran albaicinero y, a través de su figura, nos acerca a la realidad del barrio. Lectura recomendada.

El Independiente, 7 agosto 2026

Hace ya algún tiempo que, a iniciativa del área de cultura de la Diputación, se presentó un libro de “Relatos” de nuestro vecino José Fernández Castro, Don José, como lo llamaban, con respeto, pero sobre todo con mucho cariño, sus vecinos de la Atarazana Vieja.  

Don José, aunque nacido en La Peza, era un albaicinero, de los que de verdad amaban a este barrio. Aquí desarrolló su abundante producción literaria, en su Carmen del Alba, según cuentan. Eran también frecuentes las reuniones de poetas y escritores granadinos y, desde allí, surgieron muchas iniciativas que venían a animar la actividad cultural granadina, en una época aún oscura en nuestra ciudad.   

La “militancia albaicinera” de Don José cobraba especial relevancia en los meses de invierno y hasta ya avanzada la primavera, en los que cada día subía, desde el Carril del Picón, donde estaba la casa familiar, hasta el Albaicín, después ya se trasladaba toda la familia a pasar el verano y hasta entrado el otoño al Carmen del Alba. Recuerdo cruzarme a menudo con él en la Cuesta de San Gregorio y siempre nos parábamos, aunque fuese unos minutos, para compartir los últimos acontecimientos políticos y sociales de ese periodo de tránsito histórico, de la dictadura a la democracia.

Un periodo que para los jóvenes era ciertamente lento e insuficiente y para Don José, sobre todo tras el triunfo socialista de 1982, era ilusionante, aunque siempre estaba dispuesto al debate con los más jóvenes. También muchos días, la conversación giraba sobre el barrio y los problemas de acceso. Recuerdo el énfasis que ponía sobre la necesidad de articular algún medio mecánico para conectar Granada con el Albaicín, y me ponía el ejemplo de Lisboa y su barrio alto. En fin, nunca faltaba un tema sobre el que conversar.  

Para Don José, su Carmen era un lugar mágico y es que ciertamente lo era. Desde el mismo, situado apenas a unos metros debajo del Mirador de San Nicolás, el espectáculo visual era impresionante: Sierra Nevada, Valparaíso, Jesús del Valle, la Alhambra, Granada; en fin, que más se le podía pedir. Sin embargo, para Don José, ese lugar, también tenía algo muy especial, que lo hacía aún más mágico y eran sus vecinos de la Atarazana Vieja, con los que cada dia del año, siempre que el tiempo lo permitiera, se sentaba a charlar y a compartir ilusiones y querencias.  

Sus vecinos venían de la mejor tradición artesana del Albaicín y aunque la Atarazana, desde hacía ya mucho tiempo, había cesado en su actividad industrial, las familias que allí vivían eran trabajadoras y siempre habían destacado por su buen hacer, bien en la construcción o en el gremio de los herreros. No en vano Paco, como maestro  albañil, fue uno de los impulsores de la primera cooperativa de construcción del Barrio y Ramón, como maestro en el arte de la herrería, era el encargado de restaurar y mantener todo lo que tuviese que ver con hierro en la Catedral de Granada. 

Desde su pequeña herrería, situada justo detrás del edificio de “la perra gorda”, Ramón y su hermano Luis, solos, manejando el aire, el fuego y un caótico montón de hierros, eran capaces de convertir ese caos en algo armónico y elegante para colocar después en algún lugar de la Catedral.  

Esa magia y ese buen hacer artesano era una de las cosas que Don José valoraba de sus vecinos, pero no sólo eso. Sobre todo, lo más importante para él, era ese sentimiento de “vecindad” que le embargaba, nada más llegar a la entrada de la Atarazana, con su propia puerta de acceso desde tiempo inmemorial y que conformaba, todo ese espacio, como un auténtico patio de vecinos. Por otro lado, tan arraigado y tan extendido en sus diversas formas por todo el  Albayzín, quizá por eso, en nuestro barrio, que alguien te llame simplemente “vecino”, aunque no conozca tu nombre, es un signo de confianza y de familiaridad que se agradece.   

Pero volviendo a nuestro protagonista, cuando Don José traspasaba la puerta y llegaba hasta ese espacio vecinal, ya se encontraba en su casa. Y es que se cuenta, que nada más llegar el mes de junio, apenas coincidiendo con la vacaciones escolares, una algarabía de  niños y niñas se movían, de un lado a otro de la Atarazana y por todo el Albaicín Bajo. Entonces, Don José inauguraba su piscina y con ella -aunque dentro de un orden- ese jolgorio se trasladaba a su Carmen, aún a riesgo de que el griterío no le dejase ejercer su pasión literaria. Ciertamente, ver al final disfrutar a la chiquillería, merecía la pena.  

La Atarazana, como espacio vecinal, tenía delante de las casas un terreno, que los vecinos dedicaban, cada año, a huerto. Iniciativa que lideraba Ramón el herrero, pero en la que participaban todos y que tenía su momento culmen en la última semana de junio. Coincidía con la Fiesta de San Juan, para unos, o del Solsticio de Verano, para otros, fecha en la que Ramón preparaba un pequeño castillo de fuegos artificiales para inaugurar la fase productiva de la hortaliza y, de camino, degustar los primeros tomates, pepinos, pimientos y lechugas que daba el huerto. Ramón preparaba una gran ensalada en un barreño, especialmente reservado para la ocasión; era también el momento de dar cuenta del último vino del terreno que quedaba y que Paco había traído por Navidad, de tierras de Cazorla. Esta era una de las fiestas que más se disfrutaba, apta para todos los públicos y que, aún hoy, decenas de años después, los hijos y los nietos de todos los vecinos, también los de Don José, lo recuerdan emocionados, con lágrimas en los ojos y el “bello de punta”, como me comenta un nieto de Ramón.  

Por eso, Don José amaba su Carmen y se sentía en su casa, nada más llegar a la Atarazana. Hace unos días, bajando a Granada, tuve el atrevimiento de imaginar un encuentro con él, en la Plaza de San Gregorio. Don José me preguntaba cómo estaba el barrio desde que él se marchó, si por fin habían arbitrado algún sistema de acceso para facilidad de los vecinos y vecinas más mayores; si se había notado mucho que se declarase como Patrimonio de la Humanidad; en fin, me preguntaba si esa alma albaicinera, que tanto le hizo disfrutar, seguía aún presente. Eran preguntas que me produjeron una gran desazón, pues de inmediato se me hizo presente que el Albaicín, como barrio de vecinos, prácticamente ha desaparecido. 

Don José, en otra imagen del archivo familiar. 

Las “casas de vecinos” son hoy espacios reservados al turismo. Los grandes monumentos y lugares naturales del barrio, destinados a hoteles de lujo. Y distribuidos, de norte a sur y de este a oeste, riadas de turistas, día y noche, sin ir más lejos, por la Cuesta de San Gregorio. La misma cuesta en la que, por aquellos años, nos parábamos a  conversar de lo divino y de lo humano. Eran cosas de vecinos.

Ciertamente, somos cada vez menos personas las que vivimos en el barrio, pero quiero imaginarme que si Don José y tantos vecinos y vecinas, que ya no están con nosotros y que forjaron a lo largo de cientos de años ese “alma albaicinera”, levantaran sus cabezas, creo que sería para animarnos,  a los que aún quedamos, a seguir defendiéndo ése barrio lleno de vida, que entre todas y todos hicieron grande y universal.  

En el Albaicín a 1 de agosto de 2026

Laureano Sánchez Perea. Abogado y vecino del Albaicín.

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