PRENSA: El corral de vecinos que surgió en Granada en el XVI y Madrid rebautizó como corrala

Casa del Chapiz, a principios del siglo XX, cuando era un corral de vecinos.

Gabriel Pozo Felguera nos invita a un espléndido paseo por Granada para visitar un singular modelo de viviendas, el corral, que tuvo su origen en esta ciudad, en los tiempos andalusíes, y de las que aún quedan algunas, rehabilitadas, dignas de ver.

El Independiente, 26-09-2022

La corrala es un modelo comunitario de viviendas que se asocia con Madrid. Su nombre también procede de la capital de España. Pero es poco conocido que la corrala actual es hija del corral o corralón de vecinos granadino, aparecido en Granada ya desde el primer tercio del siglo XVI para acoger a los emigrantes cristianos y militares tras la Toma. Durante el segundo apogeo de este tipo de viviendas populares de corredor, en el siglo XIX, en Granada llegó a haber más de trescientos edificios de este tipo; casi el 15% de los granadinos de entonces vivían en ellas. Desgraciadamente, en la segunda mitad del siglo pasado desaparecieron las más espectaculares. Pero todavía quedan más de medio centenar de corrales y patios de vecinos; casi todos ellos reconstruidos y rescatados de la ruina, algunos habitados o reconvertidos para el turismo y centros oficiales. Vamos a recorrer unos cuantos en este artículo.

No está claro dónde surgió el modelo de edificio de viviendas en corredor. Es decir, casa de varias plantas con una escalera común y balconadas exteriores desde las que se accede a los pisos, apartamentos o habitaciones. Es probable que nacieran en la zona de Babilonia u Oriente Medio hace tres milenios; los romanos las copiaron en sus ínsulas. Pero lo que tenemos claro es que la cultura musulmana trajo ese tipo de construcciones a Al-Andalus. Para el siglo XII se documentan edificios cerrados en corredor en ciudades de la Península. Algunos claustros de conventos son simples copias de fundak musulmanas. Incluso algunos adarves andalusíes (calles sin salida) tuvieron forma de corral abalconado. En Granada subsiste el mejor edificio de viviendas en corredor conservado desde el siglo XIV: el Corral del Carbón. Quizás este tipo de modelos de antiguas alhóndigas musulmanas fuese tomado por los cristianos del Norte y La Mancha para construir sus corrales, corralones de casas, corrales de comedias y de cantes. Y por qué no pudieron venir de vuelta a Granada tras la Toma de 1492. Al igual que surgieron también en Sevilla, Cádiz y Córdoba como albergue de las clases más populares.

La característica común a todos los tipos de corral de vecinos surgidos en Granada a principios del siglo XVI consiste en un edificio cerrado, con un portón de acceso, zaguán o pasillo que se abre a un patio comunal. Este patio es el centro de la actividad social y laboral de sus habitantes. La forma del corral solía ser cuadrada o preferentemente alargada. Con sus cuatro caras construidas de apartamentos; todos daban luces al patio central. Pero en buena parte de los casos no había suficiente solar como para permitir viviendas en los cuatro costados, con lo cual muchas de ellas disponían de tres corredores, incluso de dos en forma de L, que miraban a la tapia medianera del bloque vecino.

Si el corral o corralón era grande, solía tener dos escaleras de acceso en extremos opuestos; pero por lo general ofrecía sólo una escalera de acceso a los corredores

Si el corral o corralón era grande, solía tener dos escaleras de acceso en extremos opuestos; pero por lo general ofrecía sólo una escalera de acceso a los corredores. Los apartamentos o viviendas, repartidos por lo general en dos o tres alzados, disponían de unas dimensiones nunca superiores a treinta metros cuadrados: una puertecilla que daba al corredor, una ventanilla, una primera estancia que hacía las veces de salón, cocina, comedor, sala de estar; y al fondo, sin ventilación en la mayoría de los casos, había una sola habitación separada por una cortina, en la que dormían todos los miembros de la misma familia. Era una forma de vida precaria y sin ventilación. Se alumbraban a base de candiles y/o velas (eso provocó abundantes incendios, algunos de ellos trágicos).

Lo habitual es que cada corrala dispusiera de un retrete comunitario (placa turca) en cada una de las plantas de los corrales. Si eran de pequeño tamaño, incluso sólo había uno para todos en la planta baja. La limpieza del aseo y zonas comunes se hacía por turnos, cada vecino pasaba la llave o la tablilla colgada en la puerta del siguiente encargado. El agua les llegaba a través de acequia o acopiada mediante cántaros por cada uno de los vecinos desde la fuente más cercana; solían guardarla en tinajas. El patio central disponía de las pilas de lavar comunes; cada lavandera tendía en cuerdas extendidas en su parte de corredor. La limpieza corporal solía ser escasa y se hacía en palanganas en la única habitación interior, sobre todo en el caso de las mujeres.

Los vecinos vivían en un entorno sin prácticamente ninguna intimidad, donde todos sabían las alegrías y sufrimientos de todos

El patio servía como centro de la vida comunitaria de todo el vecindario. A él acudían a hacer las tareas domésticas, pero también a charlar, a organizar fiestas, a cotillear, etc. Los vecinos vivían en un entorno sin prácticamente ninguna intimidad, donde todos sabían las alegrías y sufrimientos de todos. La vida que llevaban era como la de una extensa familia o quizás como la de una comunidad religiosa. La solidaridad era una característica destacable. En la recta final del siglo XX, cuando apareció la televisión, el primer vecino en comprarla solía sacarla al corredor o al patio y todos se arremolinaban en torno al aparato para ver las corridas de toros.

Casi todos los corrales eran verdaderas factorías donde desarrollaban sus trabajos los propios habitantes

Pero también aquellos patios y buena parte de los bajos fueron en su mayoría espacios laborales. Casi todos los corrales eran verdaderas factorías donde desarrollaban sus trabajos los propios habitantes; Granada se caracterizaba por su potencia como fábrica de cuerdas (atarazana) para barcos; fraguas; carpinterías; talabarterías; orfebrerías; cerámicas; bordadores; sombrereros; fieltreros; peleteros; zurreros; confiteros, etc. etc. De ahí que los patios estuviesen repletos de materias primas (lino, esparto, maderas, piedra, hierros) y cachivaches necesarios para la manufactura. Algunos de sus zaguanes albergaron pequeñas tiendas (almonas) y chiscones de buhonero.

Desde el siglo XVI

El boom de las viviendas de corredor se produjo en Granada muy pronto, ya a principios del siglo XVI. El motivo fue claro: era una tierra recién conquistada por los cristianos que atrajo a militares y muchos emigrantes en busca de oportunidades. La iniciativa de los Reyes Católicos y la nobleza de poner en marcha un extenso programa constructivo (Hospital Real, Catedral, San Jerónimo,Chancillería, Capilla Real) y la llegada de infinidad de órdenes religiosas necesitaban de mano de obra para levantar tanta iglesia y convento. Y todos los nuevos oficiales y sus familias precisaban viviendas baratas en las que cobijarse. Los edificios de corrales surgieron en la periferia de los barrios más cercanos a las obras (los primeros fueron junto al Hospital-Real San Lázaro, e inmediatamente se contagiaron el Realejo y barrio de la Magdalena).

El modelo de corrala más antiguo se habilitaba sobre una tanda de pilares de piedra arenisca o de Alfacar, de considerable grosor; sobre ellos se iba urdiendo un entramado de madera para conformar la estructura de todo el edificio

Los ricos del momento (nobles, órdenes religiosas, genoveses y algún incipiente comerciante) se convirtieron en los primeros inversores inmobiliarios de aquellos edificios de viviendas sociales. Surgieron como corrales o corralones de una o dos plantas de alzado; con el tiempo fueron cargando una tercera e incluso una cuarta sobre su base. El modelo de corrala más antiguo se habilitaba sobre una tanda de pilares de piedra arenisca o de Alfacar, de considerable grosor; sobre ellos se iba urdiendo un entramado de madera para conformar la estructura de todo el edificio. Los materiales de cierre de tabiques y solería solían ser pobres, a base de ladrillos, adobe y yeso. Los corredores eran de palenque, aunque en muchos casos también cerraron las barandillas con ladrillo y yeso. El resultado eran apartamentos muy elementales y de baja calidad constructiva. Una corrala pensada originalmente para alquiler de pobres se caracteriza por carecer de adornos en zapatas y pilares; las casas de vecinos que antes fueron palacetes nobiliarios o de ricos –tanto nazaritas, moriscas o cristianas- sí disponen de pilares redondos de mármol, con algún tipo de capitel y zapatas labradas.

En algunos momentos llegó a utilizarse la palabra “corralero” con tono despectivo, dirigida a los granadinos pobres y necesitados

La cocina para guisar era muy elemental. A lo sumo un hornillo alimentado con unas ramas o con carbón vegetal; era habitual ver los corredores llenos de leña, jaulas con gallinas y conejos. Incluso algunas corralas dispusieron de cuadras para animales en sus bajos, aunque eran los menos. Y si no tenían leña para guisar, mucho menos existió hogar y chimenea para encender fuego; los inviernos eran heladores, los más pudientes conseguían tener braseros de picón y reunirse en torno a las faldas de una mesa-camilla. Solía ser habitual que se reunieran varias familias en la casa del que disponía de una fuente de calor. En el verano, lo contrario, se asaban dentro y tenían que salirse a tomar el fresco a las calles. En aquellas condiciones no era de extrañar que las enfermedades y las plagas se cebaran con los colectivos de residentes en corrales; en los corrales y casas de vecinos la mortalidad era bastante mayor por deficiente alimentación, hacinamiento, promiscuidad y ausencia de higiene. En algunos momentos llegó a utilizarse la palabra “corralero” con tono despectivo, dirigida a los granadinos pobres y necesitados.

Muchos de los expulsados por el derribo de 302 edificios para abrir la Gran Vía acabaron cobijándose en estas corralas

En el siglo XVIII empezó la decadencia de la aristocracia granadina, bien por extinción o por su marcha a Madrid en busca de la Corte. Los palacetes señoriales que habían levantado los primeros conquistadores durante el siglo XVI empezaron poco a poco a reconvertirse también en corrales de vecinos; incluso también ocurrió con algunos palacios que fueron de familias nazaritas hasta finales del XV. La zona de la Carrera del Darro y el Albayzín experimentaron esa transformación. Sobre todo, cuando aumentó la presión demográfica a finales del XIX y principios del XX. Muchos de los expulsados por el derribo de 302 edificios para abrir la Gran Vía acabaron cobijándose en estas corralas.

Incluso los espacios de espectáculos públicos surgidos en Granada a finales del siglo XVI (Corral o Coliseo de Comedias) adoptaron el sistema de tres corredores y patio central de butacas para albergar a los espectadores. El teatro Napoleón, que sustituyó al Corral de Comedias de la calle Mesones en 1810, repitió la forma de corralón. Algo similar ocurrió con el teatro Isabel la Católica de la Plaza de los Campos (quemado en 1936). Y una vez más la fórmula de corral de comedias volvió a repetirse cuando levantaron el teatro Cervantes en el Campillo (derribado en 1966), como se aprecia en la foto de arriba (1915). Ítem más, la efímera plaza de toros de madera que se adosó al Palacio de Carlos V a principios del siglo XIX se hizo como una corrala de vecinos de tipo manchego.

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Desaparición y transformación de los corrales

A partir de los años cuarenta del siglo pasado, las corralas de Granada empezaron a contar con al menos una toma de agua potable y un desagüe a medida que se iban extendiendo las redes municipales. Este servicio llegó de manera tardía a la ciudad, pero ya era algo. Aunque las condiciones de hacinamiento y falta de empleo empezaron a hacer mella entre sus moradores. Ya para entonces habían comenzado a ser desalojados los talleres de sus bajos y patios, las fábricas y polígonos industriales aparecían en las afueras. La gente de los corrales empezó a nutrir la emigración en dos direcciones: la más numerosa hacia los barrios de la periferia (Zaidín y Chana principalmente), y también hacia otras regiones y países.

Palacete morisco en Cuesta de la Victoria, reconvertido en corral de vecinos y herrería, hacia principios del siglo XX. Las tareas de lavado y aseo tenían lugar en pilas o lebrillos a la intemperie. M. RIOBOÓ

Los corrales, muy deteriorados por falta de mantenimiento, empezaban a quedarse vacíos. Sus propietarios olían la especulación que se avecinaba. Entre las décadas de 1960 y 1980 desaparecieron a decenas, para reconvertirse en bloques de nuevas viviendas. Algunos corrales tuvieron más suerte y lograron llegar hasta que el Plan General de 1985 les puso cautelas. Muchos de ellos se han idotransformando desde entonces en casas de vecinos normales, aunque evidentemente ya no se vive de modo comunitario como antes. No se comparte pila de lavar, cada una tiene su cocina y su aseo independiente. A lo sumo, sus corredores comunes están llenos de plantas y bicicletas. También de alguna jaula de canarios, pero no de conejos, leña ni gallinas. Son comunidades de vecinos de apartamentos pequeños en torno a un patio con corredor. Ya no existe portera que vigile ni administrador que represente al dueño, sino un presidente de comunidad. Incluso en algunos casos conviven propietarios con inquilinos de paso. Otros muchos corrales han pasado a ser hoteles, hostales o apartahoteles más asequibles.

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En la Medina (San Andrés y Santiago)

En las parroquias de Santiago y San Andrés, es decir, en el entorno medio y final de la calle Elvira se ubicaron varias casas más del tipo corrala de vecinos. El más importante fue el Corral de Poyo; estaba ubicado detrás del solar que hoy ocupa la Subdelegación del Gobierno, entre la Plaza de los Naranjos y la Acera del Triunfo (actual calle Naranjos). Se trataba de un corralón enorme, abierto hacia el suroreste, y con corredores en tres de sus crujías. En los documentos más antiguos aparece nombrado como Poyo, con lo cual cabe pensar que recibía ese nombre por el característico poyo del zaguán para descansar o auparse al caballo. Ya muy a finales del siglo XIX el escritor Afán de Ribera lo escribe como Pollo y explica que era así llamado por contener en su patio un juego de cucaña en el que ganaba quien conseguía descabezar los pollos que colgaban del poste. Este edificio se lo llevó la piqueta con la remodelación urbana provocada por la apertura de la Gran Vía.

No nos ha quedado nada más que la queja de la Comisión de Monumentos, su descripción y un dibujo que levantaron

La misma suerte –a causa de la Gran Vía– corrió una preciosa casa de vecinos hecha a base de palillería, de dos alzados, que existía en la calle Postigo de la Inquisición, 17. No nos ha quedado nada más que la queja de la Comisión de Monumentos, su descripción y un dibujo que levantaron. En esa parroquia de Santiago cayeron bastantes casas más de vecinos, de menor tamaño, que apenas nos ha dejado rastros documentales. 

Algo similar ocurrió con el palacio de Cetti Meriem o Casa de los Infantes. El antiguo palacio de la saga Granada Venegas derivó en corral de vecinos en el siglo XIX. La mayor parte de sus bajos fueron aprovechados para almacén de madera y carpintería. Las obras de la Gran Vía derribaron lo que quedaba de la casona del siglo XV, ya bastante deteriorada; su solar lo ocupa hoy la calle y buena parte de la manzana de los números 14 y 16 de la avenida de los azucareros.

La Casa Cuna, en la calle Elvira (siglos XVI-XXI), quizás sea una de las más genuinas en cuanto a uso comunitario de las que quedan en Granada. Es de las pocas que conservan pilares cuadrados de piedra caliza. En sus tres plantas más áticos habitan casi una veintena de familias.

La Casa Cuna, una manzana antes de la iglesia de San Andrés, acabó convirtiéndose también en corrala de vecinos cuando a mediados del siglo XIX dejó de tener ese cometido.  Hoy tiene su acceso principal por la calle Elvira, pero originalmente lo tuvo por y un acceso del Postigo de la Cuna (al lado del Pozo Airón). Se entraba a un patio de pilares cuadrados de piedra arenisca, sobre el que cargaban dos y/o tres plantas más de estructura de madera. Esta corrala de vecinos llegó muy deteriorada a comienzos del siglo XXI. Una cuidada rehabilitación reciente la ha recuperado como casa de vecindad en la que habita casi una veintena de familias.

Una cuidada rehabilitación reciente la ha recuperado como casa de vecindad en la que habita casi una veintena de familias

En esta misma calle, en el número 100, hubo hasta los años setenta otra casa señorial que derivó en patio de vecinos con el tiempo. Tampoco existe.

Y en el Albayzín ¿qué?

El barrio del Albayzín es el que mayor número de patios y casas de vecinos ha acumulado desde su conformación como tal a partir de las profundas reformas que experimentó con la expulsión de los moriscos en 1570 y siguientes años. No hubo palacete señorial nazarita que no se fuera colmatando de varias familias cobijadas en ella. Incluso a partir del siglo XVIII, cuando la nobleza granadina se hizo absentista y emigró a la Corte, los palacetes que habían construido en la Carrera del Darro y Cuesta del Chapiz  (siglo XVI) empezaron a derivar en patios de vecinos. Su momento de esplendor y mayor ocupación tuvo lugar en el siglo XIX y principios del XX, cuando se refugiaron en esta zona las clases populares expulsadas de las parroquias de San Gil, Santiago y San Andrés para la construcción de la Gran Vía. Después, a partir de la década de los cincuenta, sus descendientes empezaron a emigrar hacia el Zaidín, Chana y Vergeles a medida que iban naciendo estas nuevas barriadas. La Casa del Chapiz, los tres corrales de Horno de Oro, dos en la calle Gloria, en la calle Pardo, en la calle San Luis, etc. fueron las casas que actuaron como pequeñas corralas, en su mayoría habitadas por una misma familia, allegados y descendientes.

La parte más exterior de lo que fue zona palaciega en época zirí, el Palacio del Gallo, pasó a albergar la atarazana y taller más importante de Granada en la confección de velas para de barcos y sus correspondientes cabotajes

El siglo XIX vio el nacimiento de la que fue más grande y más famosa corrala de Granada: la Casa de la Lona. La parte más exterior de lo que fue zona palaciega en época zirí, el Palacio del Gallo, pasó a albergar la atarazana y taller más importante de Granada en la confección de velas para de barcos y sus correspondientes cabotajes. Cuando a principios del siglo XIX decayó la actividad, sus propietarios (nobles y una orden religiosa) reconvirtieron el edificio en una corrala de vecinos. A la fábrica se le añadió hacia el Suroreste un corredor de madera y se compartimentó en apartamentos. El corral o casa de la Lona no estaba cerrado por completo, ya que había un gran tramo abierto que hacía de mirador hacia la Vega. En sus instalaciones se fueron cobijando gentes humildes en número de hasta noventa familias; algunas de ellas mantenían actividad laboral relacionada con la cordelería y los telares.

Casa de la Lona a finales del XIX. Tenía un corredor largo y dos cortos en los extremos, su patio estaba abierto a la ciudad. La torre que aparece al fondo es San Cristóbal.

A principios del siglo XX también se cobijaron en las partes más inhabitables los mendigos o gentes sin casa que llegaban a la ciudad, generando situaciones de conflicto social. El comienzo del fin de la Casa de la Lona fue en 1927, cuando su propietario la troceó y empezó a venderla. Poco a poco fueron levantando casas en la fachada que da al Carril de la Lona, mientras la parte original de la fábrica del siglo XVIII quedó arruinada y con un solo muro al Callejón del Gallo como testigo de su esplendor; todo su solar está sin construir. La desaparición definitiva ocurrió en el año 1975. Sólo nos han quedado postales y añoranzas de aquel entorno de vida comunitaria.

En este espacio, con su enorme estanque central, vivieron y trabajaron no menos de veinte familias hasta época relativamente reciente

Muy cerca, en la calle de la Tiña, pervivió hasta la década de los años ochenta otro gran corral de vecinos. En este espacio, con su enorme estanque central, vivieron y trabajaron no menos de veinte familias hasta época relativamente reciente.

Bajando por San Juan de los Reyes se encontraba la Corrala del Juego de Bolas, con la constante presencia de aguadores que iban a cargar a su famoso aljibe. Un poco más arriba, en el Camino Nuevo de San Nicolás, existió otro corral de vecinos que ya a mediados del siglo XX fue transformado en un cine de verano.

La Casa de los Migueletes y la casa del Capitel Nazarí, hoy hoteles de lujo, fueron primero casas de la nobleza local construidas entre los siglos XVI y XVII. Sus estructuras son propias de casas señoriales, con patios porticados a base de materiales nobles. Pero en el XIX derivaron en cuartel del cuerpo de Migueletes y de los primeros guardias civiles que llegaron a Granada, y en casas de vecinos repletas de niños.

La casa de los Migueletes, hoy hotel 1900, conserva el esplendor de su origen noble. En el XIX fue cuartel y finalmente casa de vecindad antes de su deterioro y rehabilitación hostelera.

Ya junto a Plaza Nueva, en Convalecencia, 2, surgió en el siglo XIX otra pequeña corrala. Aquella casa había sido proyectada en 1520 como Hospital de Nuestra Señora la Virgen, conocido por ser refugio de convalecientes (dio el nombre a la calleja). Tenía un patio rectangular de tres lados y tres alzadas, soportado por columnas de tipo toscano en su planta baja. En el siglo XIX dejó de usarse como edificio sanitario y derivó en casa de vecinos. A finales del siglo XX fue objeto de un tremendo expolio por parte de los chamarileros del momento. Prácticamente convertido en solar, fue rehecho después con elementos acopiados de otros edificios hasta devolverle un aspecto parecido al que tuvo. En la actualidad forma parte del complejo asistencial del Asilo de San Juan de Dios.

Corrala moderna en el antiguo colegio de San José (Casa del Almirante).

El bajo Albayzín cuenta con la que quizás sea la última construcción surgida con el sistema de corral de vecinos. Se encuentra en la calle San José, justo por encima de la iglesia de este nombre y frente a la Casa del Almirante. El edificio principal fue levantado por las Damas Apostólica como colegio de niñas en el siglo XIX. Tras la permuta de esta zona por la comunidad religiosa, el edificio del colegio no pudo ser demolido; solamente desapareció parte del patio de ladrillo interior. El arquitecto conservó algunos arcos del claustrillo, reconvirtió la zona en jardín y añadió unos curiosos corredores de acceso a los apartamentos resultantes. Esta corrala moderna mira a la ciudad y la Vega a través de la nueva plaza abierta,  surgida encima del aparcamiento junto al Palacio y la alberca ibera.

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Leer y ver el reportaje completo en El Independiente, 26-09-2022

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