PRENSA: Los sambenitos de cientos de condenados por la Inquisición que emporcaban la Catedral o El Salvador en el Albayzín

Un retrato excepcional, pero también inquietante, de tres siglos de bárbara Inquisición en Granada con la firma de Gabriel Pozo Felguera, con pasajes poco conocidos y curiosidades de un tiempo infame por el maestro del Periodismo.

Las mantetas de los herejes y pecadores quemados o reconciliados fueron repartidas por las iglesias del Salvador y Santiago entre 1611 y 1821

Artículo completo en El Independiente, 19-12-2021

Entre 1561 y 1821 hubo más de medio millar de sambenitos colgados en la Mezquita, la Catedral de Granada y las iglesias del Salvador y Santiago, consecutivamente. Señalaban a condenados por la Inquisición en autos de fe. Eran culpables de herejía o delitos morales. Colgados, a la vista de todos, quedaron sus carteles infamantes (mantetas o murales), con el nombre del reo, oficio y su delito. Para que la infamia cayera sobre ellos y sus descendientes por los siglos. La Inquisición solía relajar (condenar a muerte) a una media de cuatro personas/año en la Granada del XVI; pero la realidad es que sólo la cuarta parte moría quemada en la hoguera de Bibarrambla, los otros huían o fallecían antes de arder en estatua. En el Reino de Granada, la mayoría de ajusticiados lo fueron por criptomusulmanes o judíos y delitos de opinión contra dogmas cristianos. Eran denunciados por un entramado de espías llamados “familiares” del Santo Oficio. El clero se oponía a exhibir los sambenitos en la catedral, pero se lo imponía la Suprema. Hasta que el arzobispo Pedro de Castro pleiteó durante dieciséis años para que se retirasen los cartelones infamantes de su templo metropolitano. La solución fue repartirlos por el Salvador y Santiago. En 1821, ya abolida la Inquisición, la ira popular destrozó todas las mantetas de condenados granadinos; en su mayoría procedían de los siglos XVI y XVII.

El condenado a llevar un sambenito había iniciado su proceso judicial mucho tiempo atrás, inmerso en un complejo entramado de denuncias, espionaje, delaciones y auto de fe. Juicios en los que no siempre se tenían todas las garantías; no se sabía de qué se era acusado, ni quién acusaba, sin defensa independiente; al menos se les ofrecía un abogado de oficio para su defensa. Había que tener mucho cuidado con lo que se hablaba y delante de quién se hablaba. Hablar de amor libre, blasfemar, hacerse pasar por sacerdotes, tener tratos con judíos, musulmanes o luteranos era comprar billetes seguros para verse incurso en un auto de fe de la Inquisición. Y eso si es que los débiles de mente no caían en la idea de autoinculparse de alguno de los anteriores pensamientos, como si se tratase de una confesión secreta a su sacerdote.

Un ejército de espías y delatores: los familiares

El proceso judicial de la Inquisición comenzaba con la denuncia o comunicación al abundante funcionariado de la Inquisición. Se revelaba el nombre de cualquier incauto al que se le soltara la lengua o se sospechara su cercanía con una religión que no fuese la católica. Había ojos y oídos por todas partes, deseosos de correr a presentar denuncia. Se llamaban “familiares” del Santo Oficio y suponían un cuerpo de espías y chivatos; gozaban de cierto prestigio y prebendas fiscales y sociales, de ahí que hubiese disputas por formar parte de ese cuerpo de vigilantes de las costumbres y de la vida de los españoles. Eran servidores laicos del Santo Oficio que, aparte de delatar, su misión consistía más en provocar la delación. Los títulos de familiaturas incluso se heredaban o se vendían por varios miles de reales.

Protocolo de los autos de fe

El denunciado era encarcelado directamente. Se comenzaba por incautarle bienes para pagar las costas del juicio o hacer frente a las multas. No sabía quién ni por qué había sido denunciado. Empezaban por dejarle hablar o con torturas; lo habitual es que el reo confesara secretos que nadie sabía ni se le habían preguntado, o por autoinculparse en busca de una condena leve. Después esperaba en la cárcel hasta que tenía lugar el auto de fe, una gran representación teatral pública de cara a la ciudad.

Durante todo el tiempo que estuvo el pleito en espera de fallo (1594-1611) los sambenitos continuaron inamovibles, incluso añadiéndose anualmente. Muy vigilados por los familiares de la Inquisición. Para 1611 ya no se podían devolver a la sacristía de la Mezquita, porque estaba  con perspectiva de derribo para ser claustro catedralicio o iglesia del Sagrario. La solución adoptada por el fallo del cardenal Sandoval, inquisidor general, fue repartir los sambenitos de la Catedral por dos iglesias: los relativos a condenados por judaizantes irían a parar a la parroquia de Santiago, que era la de la Inquisición; los de moriscos irían a parar al patio de la Colegiata del Salvador, en el barrio del Albayzín.

Los canónigos albaycineros se habían venido oponiendo durante todo el proceso judicial a que se los endosaran allí; en un escrito de 4 de noviembre de 1610 argumentaban que su presencia molestaría a una feligresía que todavía tenía mucha sangre descendiente de moriscos; era mejor destruirlos ya que se entendía que no quedaba, oficialmente, ningún morisco en Granada.

Era un sinsentido dejar carteles recordando la ignominia de familias o apellidos que habían sido expulsados de este Reino. O incluso muertos o extranjeros que no dejaron descendencia en Granada a quienes infamar. Recordemos que en 1610 se produjo el extrañamiento forzoso de los moriscos que no se habían convertido. Pero la Inquisición no aceptó aquel argumento; obligó a que todos los sambenitos fuesen repartidos entre las parroquias de Santiago y el Salvador en diciembre de 1611. Aquí irían a parar también los de futuros condenados. El tema quedó zanjado e inamovible para los dos siglos siguientes. Si bien, con el enorme disgusto de los inquisidores locales, que vieron mermado su poder frente a la Iglesia y el clero.

La Inquisición siempre buscó que sus juicios y castigos tuviesen una gran repercusión social. Por eso montó un sistema publicitario, que comenzaba por pregonar cualquier paso que daba en su proceso: se iba contando con detalle el montaje de tribunas públicas para el teatro judicial; el proceso de construcción del cadalso; el encarcelamiento y transporte de reos, etc. Hasta que el día señalado era montado en Plaza Nueva el tribunal sentenciador. (A partir de 1593, la tribuna se trasladó a la plaza de Bibarrambla). Algunos de los autos de fe, o juicios públicos masivos, fueron celebrados dentro de la iglesia de Santiago, que era la propia del tribunal de la Inquisición; bajo techo se celebraron los que tenían menos reos o se les suponía menor interés como espectáculo.

182 relajados en el siglo XVI, sólo 53 ajusticiados

Del casi medio centenar de autos de fe celebrados en Granada entre 1530 y 1595 se guardan bastantes documentos, algunos de ellos completos. Fueron estudiados y clasificados por el profesor José María García Fuentes en 1981. En total pasaron por la Inquisición algo más de 1.700 reos; de los cuales, un elevado número (1.043) acabaron como reconciliados; los penitenciados ascendieron a 491; y los relajados (entregados para su ejecución) fueron 182. Ahora bien, los 182 no murieron quemados o ahorcados en Bibarrambla; solamente 53 acabaron con sus vidas entre las llamas o con la soga al cuello. La explicación es sencilla: porque la mayoría (102) fueron condenados en ausencia; y a 27 los condenaron cuando ya eran difuntos. Lo habitual era que la mayoría de personas acusadas ante la Inquisición solían evadirse en cuanto empezaban a investigarlos; en el caso del Reino de Granada, y tratándose de moriscos, lo usual es que se pasaran a Berbería. Es decir, que huyesen a África. Esto explica que, aunque la Inquisición perseguía con saña, durante todo el siglo XVI apenas se superase el medio centenar de ejecuciones reales en Granada.

Los dominios de la Inquisición en Granada estuvieron situados en el entorno de la iglesia de Santiago, que era su parroquia titular. Entre la calle Elvira, el Pozo de Santiago y la calle Postigo de la Inquisición. Allí tuvieron dos palacios y las cárceles secretas. Las casas inquisitoriales y su archivo fueron parcialmente saqueados y destruidos en 1821-22 y 1830; más tarde sirvieron de casa de vecinos y escuela de maestros. Fueron derribados a partir de 1895 para construir la Gran Vía; sólo quedaron restos de sus artesonados de lazo en el Museo Arqueológico. Su solar coincide, en parte, con los números 27, 29, 30 y 32 y la calzada de la Gran Vía. La calle y plaza alrededor de la iglesia se llamaron desde los siglos XVI al XIX de Santiago, de la Inquisición o del Tribunal. La nave de la iglesia fue recortada un tercio tras los daños del terremoto de 1884; también se derrumbó la torre. PLANO DE DALMÁU 1796.

Final de sambenitos y de la Inquisición

A partir de 1785 ya no fue colgado ningún sambenito más en las iglesias de Santiago y el Salvador; así lo ordenó la Suprema inquisitorial. Ni tampoco que fuesen repintados o restaurados los existentes de décadas y/o siglos anteriores. De hecho, un recuento de la Suprema de aquella fecha detectó que no quedaban ni la mitad de las mantetas que había un siglo atrás (En el recuento de 1657 figuran colgados 527 sambenitos entre las dos iglesias de Granada capital, algunos menos que en la visita anterior).

Silla de tortura de la Inquisición hallada en los sótanos de la Chancillería a principios del siglo XX. Patio de la Casa de la Inquisición, finales del siglo XIX.

La Inquisición fue abolida por las Cortes de Cádiz en sesión de 22 de enero de 1813; la votación arrojó un resultado de 90 votos a favor de eliminarla, 60 en contra. Como se ve, todavía hubo dos quintas partes de diputados que se mostraron favorables a mantener viva aquella sanguinaria y anacrónica institución represiva de tiempos de los Reyes Católicos. Fernando VII, un año después, volvió a reponer la vigencia de la Inquisición, si bien con el nombre de Juntas de la Fe. Así se mantuvo, con poca actividad, hasta el trienio liberal. En el caso de Granada, sus sambenitos fueron convertidos en objeto de furia popular en el periodo 1821-22; el vecindario decidió saquear archivos inquisitoriales y parroquiales, y eliminar todo vestigio de los sambenitos.

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