PRENSA: El horrendo y misterioso crimen por celos de la Casa del Gato

Gabriel Pozo Felguera desentraña uno de los pasaje de la crónica negra de la historia de Granada, para indagar qué hay de verdad o de leyenda del crimen de hace ya dos siglos y medio en el barrio del Albayzín, que pasó a la posteridad por un bajorrelieve de un gato con un ratón de presa. No te lo pierdas.

El Independiente, 08-08-2021

En la Placeta de San Gregorio, puerta del Albayzín, hay un solar abandonado. Allí estuvo hasta hace cuarenta años la famosa Casa del Gato o casa-botica más conocida del barrio. Y allí, supuestamente, tuvo lugar hace dos siglos y medio el más horrendo crimen por celos de la historia local: un marido despechado habría asesinado a su joven esposa y al alcaide del crimen del Reino al pillarlos en plena coyunda. El asunto ha sido recogido desde entonces en libros, guías y periódicos, con algunas variantes. Sin saber cuánto hubo de verdad y cuánto de leyenda. Un bajorrelieve de un gato y un ratón sobre la puerta, a modo de escudo de armas concedido por el Rey, está en el origen del misterio. Lo más interesante de esta historia es que en este solar abandonado, pegado a la muralla zirí, estuvo desde al menos el siglo XVIII una de las farmacias más antiguas de Granada.

El origen escrito del crimen de la Casa del Gato se encuentra en un artículo de Antonio Joaquín Afán de Rivera (1834-1906). Aquel juez municipal, escritor y político, era miembro de la Cuerda Granadina. El 30 de marzo de 1856, en la revista literaria El Álbum Granadino publicó un artículo titulado la Casa del Gato; iba acompañado de una litografía de José Bueso.

Narraba la historia de un hombre maduro, empleado como receptor (funcionario de un tribunal) de la cercana Real Chancillería, casado con una joven tan hermosa como casquivana. La muchacha se pasaba los días en los balcones de la casa dando palique a la multitud que pasaba y luciendo sus encantos. Hasta que un apuesto alcalde del crimen de la institución, uno de los magistrados más poderosos del Reino de Granada, cayó enredado en el trasmallo de sus requiebros. La relación de los amantes era conocida en todo el vecindario, muy abundante en meretrices que paraban justo en la tasca frente a la casa (hoy restaurante Las Cuevas). Parece ser que el alcaide, jefe del marido burlado, enviaba a su subordinado a tareas alejadas de Granada para aprovechar el nido vacío y encamarse con la señora.

Litografía de cómo era el edificio en 1856. Sobre la puerta de la casa, la piedra con el gato y el ratón; a la vuelta de la esquina estaba la botica. EL ÁLBUM GRANADINO.

Primer artículo que se conoce recogiendo la historia del crimen, 30 de marzo de 1856. EL ÁLBUM GRANADINO.

Conocedor del asunto, el marido cornudo ideó un plan para acabar con la situación: simuló montar en su mula andariega para acudir a Armilla a realizar un trabajo judicial. Pero en realidad no había llegado a salir de Granada cuando dio media vuelta hacia su casa. Allí sorprendió a la pareja amancebada. No dudó un instante en acuchillarlos hasta dejarlos muertos. Eran tiempos del reinado de Carlos III (1759-1788).

El receptor, sabedor del destino que le aguardaba por haber asesinado nada menos que a la primera autoridad policial del Reino, montó la caballería y volvió grupas a la Puerta de Elvira. En menos de una semana se plantó en Madrid, parece que incluso antes de que la noticia del doble asesinato llegara a la Corte. Se las ingenió para ser recibido en audiencia por el Rey, con el pretexto de que le revelaría una gran noticia sobre la justicia de Granada. El hombre, astuto por ser empleado judicial, le planteó a Carlos III una especie de parábola/acertijo: “Un hombre honrado tenía lo más preciado de su casa a buen recaudo en la alacena, guardado bajo cuatro llaves y vigilado por su gato. Su vigilante descubrió que un ratón furtivo se colaba por algún sitio y se estaba comiendo su preciado tesoro ¿Qué haría Su Majestad en ese caso?”.

El rey Carlos III no dudó en responderle: “Matarlo al instante, por su puesto”.

Pues exactamente eso mismo había hecho él con el magistrado del crimen de la Chancillería de Granada, cual ratoncillo que le estaba burlando a diario y comía el mejor queso de su despensa. Contó entonces toda la historia del doble crimen pasional y el Rey ya no tuvo más remedio que impartir justicia como primera autoridad del país y perdonar su conducta. El receptor regresó perdonado a su casa y colocó sobre la puerta de la casa una piedra con un gato esculpido que llevaba en la boca al ratoncillo muerto. Era algo así como un mensaje a los vecinos, como si se tratara de un escudo heráldico con sus armas. Una forma de restituir su honor. La pequeña calle donde fue colocado el escudo se llama Callejón del Gato. Supuestamente, debido a la presencia del escudo.

En 1856, cuando Afán de Rivera la recogió por primera vez en papel, la piedra estaba sobre la puerta, si bien ya parece bastante desgastada en la litografía de la imprenta Sierra. Se aprecia a la perfección en el grabado que acompaña el artículo. El siguiente autor que vuelve a referirse a aquellos hechos de la Casa del Gato fue Francisco de Paula Villa-Real, en su Libro de las Tradiciones de Granada (año 1888); pero en este caso, ya deja constancia de que el escudo del gato y el ratón “se ha visto hasta hace muy pocos años la extraña escultura de un gato en la actitud de coger un ratoncillo”. Da a entender que ya no estaba sobre el dintel.  El mismo Afán de Rivera repitió su artículo en la Revista La Alhambra, en 1902, pero con la diferencia de que cambió las últimas líneas de la historia asegurando la desaparición del bajorrelieve: “…tradición que se cuenta sobre la informe escultura ya descrita, y que se ostentaba, hasta hace pocos años, sobre la puerta de entrada de la casa-botica de San Gregorio”.

Historia sin rastro documental

Llegado este punto, lo más probable es que la sociedad granadina del siglo XVIII y principios del XIX fuese dando forma de leyenda a una historia que pudo haber ocurrido… pero no en Granada ni con esas características. Poco a poco se debió conformar una leyenda a partir de una mezcolanza de sucesos reales. Voy a ofrecer varios argumentos para demostrarlo:

No en tiempos de Carlos III. De haber ocurrido aquel crimen pasional, no debió ser durante el reinado de Carlos III; ni tan siquiera durante todo el siglo XVIII. El asesinato del alcaide del crimen y su amante era un hecho sumamente grave, que debería haber dejado algún rastro documental en el Archivo de la Real Chancillería, bien en el Libro Secreto (memorias personales de los presidentes) o en el Real Acuerdo (libro de gobierno). En los legajos que han sobrevivido en este archivo correspondientes a la segunda mitad del siglo XVIII no existe la más mínima referencia. Se conservan las memorias de todos los presidentes que lo fueron durante el reinado de Carlos III, y en ninguna de ellas aparece una sola línea al respecto. Cada presidente, como virrey de Granada, dejó constancia de los hechos más significativos ocurridos durante su estancia. Por ejemplo:

José Manuel de Villena y Guadalfaxara (1756-60): devastador ciclón de 1759, inundaciones de 1760. Fernando José de Velasco y Ceballos (1766-70): expulsión de los jesuitas en 1767 y peleas por quedarse con sus posesiones. Manuel Dolz de la Plaza (1773-77): abrió el proceso por las falsificaciones del Padre Flores en el foro romano del Albayzín.

El crimen de la Casa del Gato podría haber ocurrido anteriormente, en la segunda mitad del siglo XVII, entre 1642 y 1704. Antes de la primera fecha habría sido recogido en la crónica de Henríquez de Jorquera, y no fue así; a partir de 1704 ya contamos con memorias de los presidentes de la Chancillería. Y tampoco figura una sola línea.

El asunto del asesinato del alcaide del crimen del Reino de Granada habría tenido gran repercusión y entidad como para dejar rastro alguno escrito en los papeles de las administraciones.

Nombre de la calle más antiguo. A principios del siglo XVIII (1728) ya aparece este pequeño tramo de calle nombrado con el nombre de callejón, callejuela o calleja del Gato. Así figura en libros de bautismos de la parroquia de San José, demarcación a la que pertenecía por entonces. Por tanto, la calle era nombrada así mucho antes de que comenzara el reinado de Carlos III en 1759. Y seguramente el nombre lo tomaba de la escultura del gato y el ratón situada en la fachada de la casa número 2 del estrecho callejón. Es decir, la piedra con el gato debía estar colocada ya antes de mediados del siglo XVIII.

En el plano de Granada que imprimió Francisco Dalmáu en 1797, elaborado seguramente durante las décadas anteriores, ya aparece claramente dibujado y nombrado el Callejón del Gato. Por tanto, debía ser una denominación plenamente consolidada y asumida por el vecindario. En este plano aparece punteada la vieja muralla zirí (de origen iberorromano), a la que estuvo casi pegada la Casa del Gato.

¿Inspirada en el crimen de Castillo?

Esta historia del crimen de la casa del gato granadina bien pudiera estar inspirada en otro crimen pasional ocurrido en Madrid en 1797. Fue tan famoso el asesinato que saltó a la literatura, a los cantares de ciego, al teatro y a la pintura. Francisco de Goya hizo varios cuadros relacionados con el crimen de Castillo, ya que el afectado era amigo suyo.

Existieron varios paralelismos entre el crimen de Castillo y el supuesto crimen de la casa del gato de Granada. El primero de ellos, por haberse visto implicados una pareja de jóvenes amantes que quieren deshacerse del marido ya maduro; en segundo lugar, porque el afectado madrileño tenía su negocio en la Plazuela del Gato (callejuela próxima a la Plaza Mayor madrileña); el intento de implicación del Rey en el perdón de los criminales; y el cuarto y más importante, el nombre del alcaide del crimen que aparece en ambos escenarios. Vayamos por partes.

A primeros de diciembre de 1797 vivía al principio de la calle de Alcalá de Madrid el presidente del gremio de paños. Era proveedor de la casa real y de la gente pudiente, entre los que se incluían el pintor Francisco de Goya y el alcaide de casa y corte Juan Menéndez Valdés. Francisco del Castillo, el comerciante pañero, era hombre vetusto, además de poseer una de las mayores fortunas de Madrid. Tenía su establecimiento en la Plazuela del Gato. Estaba casado con una joven aragonesa, de origen noble, llamada María Vicenta de Mendieta, de 32 años. La esposa mantenía relaciones furtivas con un primo suyo de nombre Santiago San Juan, de 24. Entre ambos acabaron con la vida del comerciante aprovechando que estaba adormecido por una medicina para curar sus encías. El crimen fue rápidamente descubierto y ambos fueron detenidos, torturados y ejecutados.

Juan Meléndez Valdés, retratado por Goya. Estuvo de alcaide mayor de Granada y después alcaide de casa y corte de Madrid. Debajo, decreto de nombramiento como alcaide mayor de Granada en septiembre de 1778.

La repercusión fue enorme, tanto en Madrid como en el resto de España. Inmediatamente intervino en el caso el aalcaide de la casa y corte de Madrid, que no era otro que Juan Meléndez Valdés. Este jurista y literato precisamente había comenzado su carrera judicial en Granada nombrado por el rey Carlos III en 1778, en tiempos del corregidor Francisco Milla y de la Peña (1777-80); en Granada permaneció los dos años siguientes, antes de pasar a Valladolid y Madrid. Meléndez Valdés investigó, argumentó y armó una acusación como fiscal que acabó llevando al patíbulo a la pareja de amantes bajo la acusación de asesinato del honrado comerciante Francisco del Castillo.

María Vicenta de Mendieta y Santiago San Juan fueron ejecutados a garrote vil en la Plaza Mayor de Madrid, el 23 de abril de 1798. Se trató de la última ejecución que tuvo lugar en esta plaza madrileña.

Intercesión de la Reina en favor de la mujer

Entre la fecha del asesinato y la de ejecución se registró en Madrid una corriente de opinión favorable a perdonar la vida a María Vicente de Mendieta. En primer lugar, por considerarla idiotizada y no autora material; en segundo, por su linaje nobiliario. El rey Carlos IV no sucumbió a las presiones de perdón; pero no ocurrió así con su esposa, la reina María Luisa de Parma, que intentó por todos los medios salvarle la vida. El alegato del alcaide del crimen estuvo tan bien armado que fue tomado como modelo en la jurisprudencia durante el siglo XIX.

El pintor Francisco de Goya realizó varias pinturas referidas al asesinato de su amigo Francisco del Castillo. Se conocen al menos dos óleos en los que un joven vestido de fraile (Santiago San Juan) entra a la casa del comerciante para asesinarlo (el cuadro se titula Visita del fraile). También hay al menos dos versiones del Capricho 32, donde se ve a María Vicenta en la cárcel con los grilletes puestos en espera de ejecución.

Visita del fraile. Goya interpretó al amante Santiago San Juan disfrazado de fraile para acceder a la casa del comerciante Francisco del Castillo. María Vicenta le indica dónde está para que le asesine. FUNDACIÓN GOYA ARAGÓN.

Una de las varias versiones que hizo Goya del Capricho 32, en la que tomó a María V. de Mendieta como modelo. Está encarcelada esperando ejecución. Nótese un ratoncillo en el cornero inferior derecho.

El rey Carlos IV prohibió que se publicaran los nombres de los afectados por aquel crimen. Las publicaciones no pudieron hacerlo hasta que llegaron los franceses en 1808. No obstante, el sonado asesinato del importante comerciante y las últimas ejecuciones en la Plaza Mayor corrieron de boca en boca por España y Europa. A partir de 1808, las imprentas aprovecharon para publicar ingentes cantidades de pliegos de cordel o cantares de ciego. Buhoneros, ciegos y pedigüeños los iban vendiendo por toda la geografía española. Solían colgarlos de una cuerda en los mercadillos, de ahí su nombre. Y los cantaban y reciitaban ante un público embelesado.

Pliego de la Hermosa Rosimunda, uno de los muchos romances de principios del XIX que se vendían y contaban  por pueblos y plazas. Impreso en Córdoba. BIBLIOTECA NACIONAL.

Otro pliego de cordel, impreso en Barcelona a finales del XVIII.

Obviamente, aquellos pliegos de cuerda narraban las historias más inverosímiles, milagros imposibles, ocurridas tanto en España como en otros países. Su publicación y venta popular no cesó hasta que se consolidaron los primeros periódicos en la primera mitad del siglo XIX. Incluso pervivieron hasta bien entrado el siglo XX en forma de aleluyas muy ilustradas. Una de las imprentas que más cultivó este género divulgativo fue la cordobesa de Rafael García Rodríguez, que permaneció activa hasta 1845. En la Biblioteca Nacional se conservan bastantes pliegos de cordel de finales del XVIII y principios del XIX.

Así pues, el crimen pasional de Castillo en Madrid debió ir evolucionando de boca a oído hasta quedar completamente desdibujado y tergiversado: la Plazuela del Gato de Madrid pasó a convertirse en Casa del Gato en Granada; el pañero Francisco del Castillo pasó de ser víctima a autor del asesinato; los amantes asesinos de la calle Alcalá, reos en la Plaza Mayor, se convirtieron en víctimas en la casa-botica de San Gregorio; el fiscal Juan Meléndez Valdés fue transformado en amante asesinado; y la mediación de la reina María Luisa de Parma para salvar a la aristócrata María V. de Mendieta se convirtió en la trampa dialéctica a su suegro Carlos III por un astuto receptor de Granada. Éste, según la tradición, habría recibido autorización real para instalar en su fachada la heráldica del gato matando al ratón que le robaba su preciado tesoro.

Un verdadero galimatías de los que tanto abundaban en los pliegos de cordel en los siglos en que todavía no habían aparecido los periódicos “serios”.

La famosa casa-botica

Lo que he contado hasta ahora tiene más visos de ser una leyenda que una historia real. Lo único cierto de todo ese embrollo arrastrado desde hace casi dos siglos es el lugar conocido como Casa del Gato. Desde tiempo inmemorial, la arteria formada por Calderería-Plaza de San Gregorio-Cuesta del San Gregorio fue la principal conexión entre la zona baja de Granada y el populoso barrio del Albayzín. Y también la principal arteria comercial; toda la calle estaba jalonada de tiendas, tascas, vendedores ambulantes, buscavidas, prostitutas, etc. La zona fue la más animada hasta que se crearon los barrios periféricos de Chana y Zaidín, y se produjo la diáspora en busca de mejor habitabilidad.

En esta Placeta de San Gregorio había dos locales de importancia capital: la casa-botica (situada en los bajos de la casa del gato) y el colmao (situado justo enfrente, actual bar Las Cuevas). La botica era lugar de tertulia de los ilustrados del barrio, refugio de dolientes, parada de enfermos; el colmao fue siempre refugio y fonda de las meretrices de San Juan de los Reyes, su lugar de recados y sustento vespertino.

La casa-botica ya aparece nombrada en el Catastro del Marqués de la Ensenada (1752), regentada por entonces por el farmacéutico Juan de Miras Calfat. Su renta era media-baja, de 200 ducados anuales. En la primera mitad del siglo XX fue propiedad del doctor Salcedo. En el año 1946 fue adquirida por el maestro Antonio Calvo-Flores Morales para sus dos hijas, Magdalena y Rosario, que habían estudiado Farmacia. Rosario la regentó entre los años 1950 y 1969. A partir de esa fecha, Rosario se fue a Otura y la farmacia de la casa del gato (farmacia San Gregorio) fue trasladada al nuevo barrio del Zaidín (Avenida de Dílar, 51), siguiendo a su clientela.

Las farmacéuticas Rosario y Magdalena Calvo-Flores en la puerta de la farmacia, en 1954. A la derecha, Miguel Delgado Rodríguez, esposo de Rosario (con su hijo Rafael en brazos). Delante, el pequeño Miguel Delgado. ARCHIVO DELGADO CALVO-FLORES.

En realidad, la farmacia de la casa del gato nunca fue un negocio boyante. Cumplía más una función social que otra cosa. Sus propietarias se convirtieron en auxilio vecinal para todo tipo de asuntos, desde leer y escribir cartas a vecinos analfabetos, curar infinidad de borrachos que caían en la escalinata del Bar 22, Vino de la Costa, que regentaba el cantaor flamenco Miguel el Malagueño. Y, por supuesto, hacer de psicólogas de la plantilla de prostitutas maduras que acababan su carrera profesional en la zona de San Juan de Dios.

La rebotica de la farmacia funcionó también como escuela para algunos muchachos que preparaban oposiciones y como tertulia en la que recalaban personajes ilustres del barrio, entre ellos el científico Carlos F. López-Neira.

Aquella casona era originaria de finales del XVI y con sucesivos añadidos durante las siguientes centurias. Debió ser habitada por familias pudientes relacionadas con oficios de la cercana Chancillería. Estaba pegada a los cimientos de la vieja muralla que bajaba por la Cuesta del Perro y hacía una curva hasta la cercana puerta de los Estereros. La casa tenía fachadas a la Placeta de San Gregorio, al Callejón del Gato y la trasera a la Cuesta del Perro. Se conformaba de tres plantas completas y un torreón retranqueado desde el que se veía la Alhambra y la Sierra. Tenía la puerta principal por la calleja del Gato, a través de unas jambas de piedra de Sierra Elvira. Sobre su dintel estuvo colocado el escudo con el gato y el ratón, pero labrado en piedra parda de Escúzar. En el interior tuvo un patio muy estrecho al que daban las galerías y escaleras. En el centro había un brocal, que en realidad era el acceso a un aljibe (todavía se ve en el solar).

La casa del gato, por su situación estratégica, tenía casi toda la planta baja dedicada a la botica. Además, varias habitaciones se destinaban a extender esteras para secar plantas y laboratorio de recetas magistrales. Hacia mediados del siglo XIX, quien fuese su propietario, adquirió un botamen de loza completo fabricado por Pickman en la Cartuja de Sevilla. Algunos de aquellos albarelos existen todavía repartidos entre la familia Calvo-Flores y los sucesivos propietarios que ha tenido la farmacia en su actual ubicación del Zaidín.

Albarelos de la Cartuja hechos para la farmacia San Gregorio, datados en la segunda mitad del XIX. Propiedad de la familia Calvo-Flores y de Farmacia Galisteo.

La casa del gato y las dos casillas laterales estaban ruinosas para finales de la década de los años setenta del siglo pasado. Los vecinos y los negocios tuvieron que abandonarlas. Hacia 1982, el Ayuntamiento se hizo cargo de su derribo y construcción de un potente muro de contención de la Cuesta del Perro, justo sujetando la zona levantada sobre los cimientos de la muralla. El solar, ya de propiedad pública, se ha convertido en un vertedero de cascajo, ante la desidia municipal, que es limpiado de vez en cuando. En el año 2006, la Fundación Albayzín y la Junta de Andalucía entablaron conversaciones para construir un edificio oficial en este estratégico solar. Pero las conversaciones no fructificaron. Se iban a acometer excavaciones arqueológicas, que tampoco llegaron a nada, a pesar del interés histórico de la parcela.

Por aquellas fechas, el gerente de la Fundación (Juan Manuel Segura), destinó un dinero a adecentar la zona de Calderería-Cuesta de San Gregorio. Aprovechó la ocasión para colocar el pilarillo en el lateral izquierdo; es de piedra de Alfacar, hallado casualmente enterrado en una excavación municipal del Albayzín. Da la sensación de que ha estado allí desde siempre.

Solar de la casa del gato en la actualidad, en la Placeta de San Gregorio.

Hoy, la Placeta de San Gregorio y todas sus escalinatas laterales están ocupadas por las mesas del único bar que pervive. Han desaparecido de allí las históricas vendedoras de pescado y huevos, de cántaros, ordeñadores de cabras, traperos, ciegos con sus romances de cordel, etc. Y continuando por la Cuesta hacia arriba, lo único que quedan son tiendas de souvernirs para turistas; no hay rastro de las tiendas de los años cincuenta y sesenta: Casa Manolo, Casa Paco, Zapatería Pepe, El Descanso en la Cruz Verde, etc. Ya no está el ciego vendiendo los iguales de la ONCE, ni hay carteles de venta de roscos de San Lázaro, barras de regaliz, pipas de girasol de Guadahortuna, pájaros amarillos de caramelo, papas de la Sierra, cañamones de la Alpujarra, mixtos de los niños, vendedores de papeletas, sorteos de tortillas, las típicas cabecitas de gorrión (garbanzos molidos y fritos con azúcar)…

La familia Calvo-Flores vivió en la casa del gato y regentó la botica durante casi dos décadas, de manera que dos de sus hijos nacieron en la primera planta de la misteriosa casa de leyenda. Miguel Delgado Rodríguez, el marido de Rosario (la farmacéutica) aprovechó varias veces las obras de repello y encalado de la fachada para buscar el escudo del gato. No halló ni rastro de él ni de su ratoncillo.

Óleo del inicio de la Cuesta de San Gregorio, de Clark Hulings. Lo pintó en 1981, quizás a partir de una fotografía tomada unos años antes. Todavía se ven en pie la farmacia y el bar El 22.

Agradecimiento. A Rafael Delgado Calvo-Flores, catedrático de Farmacia, que vivió su infancia y juventud en la casa del gato. Y a su madre Rosario, con cuyos recuerdos más recientes he recompuesto esta historia.

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