PRENSA: El toro que vigila a los transeúntes que circulan por Plaza Nueva

El Pilar del Toro, obra del siglo XVI, se instaló originariamente en la calle Elvira y en 1941 fue trasladado a Plaza Nueva, desde donde observa cada movimiento de granadinos y turistas

Ideal, 13-03-2021

Escondido en un rincón de Plaza Nueva, vigilando a quien entre o salga de la iglesia de San Gil y Santa Ana, y custodiando las escaleras que dan acceso a la calle Santa Ana, se encuentra el Pilar del Toro. Esta obra, creada en el siglo XVI, permanece allí desde 1941, aunque su lugar original fue la calle Elvira. El Pilar del Toro es un emblema de una generación que ha disfrutado de largas tardes en las escaleras que lo protegen a ambos lados. De miles, quizá millones, de turistas que han aprovechado para hacer una parada técnica en su recorrido por la ciudad o simplemente han decidido disfrutar de una tarde de relax mientras disfrutan de la vida de la zona -perdida en parte, como todo, durante la pandemia- y de animadas actuaciones callejeras que se citan en Plaza Nueva mientras miles de transeúntes cruzan de un lado a otro.

Como muchos otros elementos arquitectónicos de la ciudad, el Pilar del Toro no estaba originariamente donde ahora se ubica, sino que se instaló en el cruce entre las calles Cárcel Baja y Elvira. Según relata Manuel Gómez-Moreno González en su ‘Guía de Granada’, está construido con mármol de Sierra Elvira y tiene «una cabeza de toro arrojando agua por sus narices, sentados a los extremos de la pila dos mancebos desnudos y encima el escudo de la ciudad, que antes remataba en una Virgen del Pilar, de la cual solo resta la peana«.

El pilar quedó adosado a una casa de la calle Elvira tras la obras de la Gran Vía.
El pilar quedó adosado a una casa de la calle Elvira tras la obras de la Gran Vía. / TORRES MOLINA

La obra se realizó hacia la mitad del siglo XVI -la primera referencia que existe es de 1559-. Se atribuyó a Berruguete, pero quedó descartado, cuenta Gómez-Moreno. La fuente se ha atribuido a Diego de Siloé. Su hijo, Manuel Gómez Moreno-Martínez, refrenda esta teoría al afirmar que «dichas estatuas caen dentro del canon de Siloé y merecen por su belleza que se le atribuyan, sabiéndose que él era maestro mayor de las obras de la ciudad«.

José Manuel Gómez-Moreno Calera, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Granada, aclara que era muy habitual que los grandes artistas encargaran obras menores a oficiales de su taller, y este pudo ser el caso del Pilar del Toro, también conocido como ‘Pilar de los Almizcleros’. Una parte de la obra pudo estar realizada por Siloé y otra por alguno de los oficiales de su taller.

Mientras estuvo en la calle Elvira fue utilizado como abrevadero para animales y como fuente para el suministro de agua de los vecinos de la zona«se surtía de agua de Valparaíso», cuenta Gómez Moreno. Aunque no es una obra de gran relevancia artística, «deja testimonio de la época como servicio público de la ciudad», explica José Manuel Gómez-Moreno Calera. También destaca el toro como elemento decorativo, algo poco habitual en la ciudad.

Traslado a Plaza Nueva

Cuando en 1940 terminaron las obras de restauración de la plaza de Santa Ana, el Ayuntamiento decidió trasladar el Pilar del Toro allí para devolver cierta personalidad a la zona y de paso dar visibilidad a una obra demasiado escondida. En enero de 1941, el Ayuntamiento aprobó un presupuesto de 5.462 pesetas para los gastos de traslado de la fuente desde su ubicación en la calle Elvira, que se realizó al finales de ese año, según recuerda la hemeroteca de IDEAL.

Detalle del toro que da nombre al pilar / Silvia Luque

La construcción de la Gran Vía había hecho que la zona de la calle Elvira perdiera peso y protagonismo en la ciudad. La plazoleta o ensanche que se extendía ante el pilar, a espaldas de lo que luego fue la sede del Banco de España en Granada, junto a la bajada de la calle Calderería, quedó deslucida en un rincón y la fuente se encerró entre los muros de una nueva casa. Entonces ahí se consideraba que acababa la calle Elvira y comenzaba lo que se llamaba calle de los Hospitales, como recuerda Gabriel García Guardia en su libro ‘Agua, mármol y bronce’. Para devolverle la dignidad perdida, el Ayuntamiento decidió su traslado a la nueva placeta, la de Santa Ana, cerca de la casa natal de Gallego Burín, alcalde de la ciudad entonces.

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