PRENSA: El Albaicín, pintada sobre pintada

Los vecinos aseguran que la limpieza rápida de los grafitis contribuiría también a frenar una «plaga» que vivió su pico en los meses de verano. El Ayuntamiento de Granada prevé instalar en marzo las cámaras de vigilancia

Leer en Ideal, 25-01-2017

«Las pintadas llaman a las pintadas». Es decir, que eliminar las primeras se traduciría en evitar las segundas y sucesivas. Los residentes del Albaicín así lo entienden y lo manifiestan, en una reivindicación continua que, a juzgar por el aspecto del barrio, no hace más que caer en saco roto. Con la instalación de las cámaras de vigilancia, prevista para marzo, los vecinos reclaman medidas inmediatas para poner freno a una «plaga» de vandalismo que hizo amago de remitir en la primavera, cogió aire en las noches de verano y con el frío parece haberse suavizado.

Los grafiteros imponen su firma con nocturnidad, sobre otras pintadas y en paredes recónditas, alejadas de los espacios más expuestos a posibles testigos, en lugares en los que el deterioro va más allá del aspecto de las paredes: basura, orines, malas hierbas… Ejemplifica esta descripción la iglesia de San Andrés (siglo XVI) -en pleno proceso de rehabilitación desde hace unas semanas-, a cien metros de la Gran Vía y ‘lienzo’ de algunos grafitis. Ente las últimas avistadas, un par de citas de inspiración quijotesca trazadas con spray azul en la portada de la parroquia y uno de sus laterales.

Cuesta de la Alhacaba hacia arriba, en la esquina con el carril de la Lona, la puerta Monaita (siglo XI) y sus grafitis -el más reconocible lleva allí un lustro- culminan una sucia escalinata. En la zona alta de la Lona, un poyete utilizado como asiento por los turistas que paran a descansar, mientras disfrutan de la panorámica, ‘luce’ todavía media docena de firmas. Esos trazos y otro en tono morado, situado en un muro cercano, quebraron la ‘tregua’ de vandalismo al spray a principios de agosto. Mientras que el morado quedó cubierto por una capa de pintura blanca, los del poyete siguen ahí medio año después.

A raíz de las manchas en el carril de la Lona, los vecinos retomaron una solicitud que nunca se ha materializado: la creación de una cuadrilla municipal dedicada a la limpieza «con rapidez» de los grafitis y el arreglo de desperfectos en el barrio. Algo que consideran factible a corto plazo, mientras culminan los trámites para la instalación de cámaras de vigilancia, cuya licitación ya está en Contratación. Asegura la presidenta de la asociación de vecinos Bajo Albayzín, Lola Boloix, que han comprobado cómo los grafiteros sin autorización desisten si sus ‘obras’ se eliminan inmediatamente.

En plena ruta por los rincones más «desatendidos» del Albaicín, Boloix propone una comparativa: a un lado de la balanza, los cuidados que recibe la zona Centro; al otro, los del distrito Patrimonio de la Humanidad. El Ojo de Granada es uno de los lugares en los que salta a la vista el cúmulo de problemas. Es un punto de encuentro para hacer botellón y, en consecuencia, un enclave que suele amanecer entre malos olores, plagado de latas y botellas, y con alguna pintada de nueva factura que tapa a otras anteriores. «Y hoy no hay casi nada», comenta un trabajador del servicio de limpieza, al tiempo que retira un montículo de desperdicios. Unos metros por debajo, el aljibe del Zenete, bajo una placa que reza «siglo XVI», parece haber inspirado coloridos dibujos abstractos, proclamas ideológicas y rúbricas ininteligibles. Gracias a un proyecto de rehabilitación impulsado por la Agencia Albaicín y la fundación AguaGranada se restauró y limpió, junto a otros doce aljibes.

El contraste

«La gente se orina en la casa de la madre de Boabdil», afirma con sorna Lola Boloix, junto a una esquina bañada en orín. El callejón de entrada al palacio de Dar Al-Horra (siglo XV), que fuera residencia de Aixa, ofrece un curioso contraste. En uno de los laterales, la fachada, pulcra tras su rehabilitación, deja paso a una tapia de ladrillo y cemento por la que se suceden las pintadas hasta desembocar en el carril de la Lona. Siguiendo esta senda en sentido San Nicolás llegamos hasta el Huerto del Carlos: un mirador con vistas privilegiadas a la Alhambra; y a los grafitis, que van desde el suelo a la parte alta de las farolas. A un lado, una vivienda desocupada, tal y como lo anticipa su frontal de ventanas tapiadas, cables descolgados y, claro, pintadas. Al otro, la tapia que marca el perímetro del monasterio de Santa Isabel la Real (siglo XVI) ‘parcheada’ con una pintura blanca que a duras penas oculta los colores de la tinta subyacente. Por debajo, las puertas del ‘parking’, también enmarañadas con tinta.

Al completo

Los visitantes quedan asombrados al transitar bajo el Arco de las Pesas. «Si tal y como está, dices a un grupo de turistas que esta construcción es del siglo XII…», lamenta Lola Boloix. No es necesario que concluya la frase. «A corto plazo, habría que dar una capa de pintura. A partir de ahí, empezar el proceso para permitir que se rehabilite». Las paredes interiores de este Bien de Interés Cultural (BIC) están al completo; se amontonan los dibujos sobre la piedra y las superficies cubiertas de cemento. Es comprensible en este punto el argumento de los vecinos: «Las pintadas incitan a más pintadas». En la fachada exterior junto a Plaza Larga permanece un rosetón naranja, diseñado con una plantilla, desde hace alrededor de año y medio. La Policía localizó a su autor, acusado de otras seis pintadas, pero nadie ha retirado ni cubierto la más vistosa de sus obras. Al ser el arco uno de los BIC situados en el Albaicín, es potestad de la Junta de Andalucía, en concreto de la Comisión Provincial de Patrimonio Histórico, dar vía a libre a la limpieza, independientemente de la administración que la ejecute. En octubre de 2014, la Junta puso la ‘pelota’ en el tejado del Ayuntamiento autorizando al equipo de Gobierno municipal a poner en marcha la restauración través de la Agencia Albaicín. Algo que nunca sucedió.

Así las cosas, pintada por pintada, y el Albaicín sin barrer, los vecinos no cejan en las reclamaciones para dar el lustro que merece este barrio histórico, patrimonio «de toda la Humanidad». En un mes, las cámaras vigilarán a los gamberros de la tinta.

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