A vueltas con el Albaicín

calle Albayzin GH 2014Los residentes de la zona son desplazados por el turismo folclórico

DE nuevo se sitúa el Albaicin en el centro del debate político, sacándolo nuevamente del letargo. Como hace una década. Pero los debates políticos, ya sabemos, son efímeros y los votos están en tantos lugares…

Últimamente está en boca de todos aquello de la «política de Estado», es decir, aquella que debe escapar a los vaivenes de la estrategia partidista para alcanzar pactos duraderos y a largo plazo. El Albaicin, en Granada, debiera ser política de Estado. CCOO ya denunció hace unos cinco años en este diario el peligro de convertir el barrio en un «Parque Temático» y este término ahora está de moda entre la clase dirigente.Cinco años después el problema es otro, es más grave y amenaza con volverse crónico y aquí entran en juego dos paradigmas: La derecha, tan corta de miras, sigue empeñada en montar su parque de atracciones. Hoteles con encanto, postales preseleccionadas, flamenco prefabricado y servicios anclados en tópicos para visitantes que apenas pasan unas horas. No son casuales las formas en el desalojo de las cuevas de San Miguel, que el tiempo bautizará como el de San Especulación.

La izquierda, tan purista, defiende a capa y espada el Albaicín como un museo: espacio silencioso del que aprehender nuestro pasado. Mover una piedra dos años de burocracia, permisos e inspecciones. Puede parecer una broma pero incluso tender la ropa se convierte en una complicación bajo estas premisas. Posturas inmovilistas y nada sostenibles, incompatibles con el progresismo profesan.

En esos extremos se anclan nuestros dirigentes alejando el barrio de la ciudad. El Albaicín no es un barrio al uso. Requiere de inversión extraordinaria porque trae riqueza extraordinaria. Pudiera ser motor económico y de empleo de calidad. Con el Albaicín no se puede buscar el equilibrio presupuestario ingresos-gastos, entre otras cosas porque cada vez genera menos ingresos directos en tanto disminuye el número de vecinos.

En esos extremos se muere nuestro barrio: el de los vecinos, la comunidad y tejido social. Los que generan su riqueza cultural y su valor. Da pena incluso escribirlo, pero ya nadie quiere vivir en el Albaicín, solo visitarlo. Están ganando ambos extremos en su disputa. Hay experiencias ejemplares por toda Europa en la integración, gestión y rehabilitación de barrios históricos, sin embargo los granadinos siempre de espaldas al mundo. Tenemos un barrio de mil años de antigüedad en el que vivimos vecinos de ahora, con las necesidades -exigencias- de estos tiempos, y el barrio no resulta nada fácil para vivir el día a día. Y no me refiero a la falta de servicios, a la dificultad de hacer la compra, a la odisea de rehabilitar una vivienda, a los desplazamientos o aparcamientos, a la suciedad y las ruinas, o simplemente sacar dinero de un cajero. En el entorno más bello del mundo ya nadie quiere vivir -apenas algunas clases pudientes que con dinero compensan la incomodidad-.

Me refiero a que los vecinos estamos siendo desplazados en una competencia de turismo folclórico e intelectual promovido por nuestros políticos: parque tematico versus museo. Si tanta es la apuesta política por el Albaicín ¿porqué no se instalan aquí sedes de las Administraciones Públicas? Si nos interesa su seguridad ¿por qué no una comisaría de barrio? Si nos interesa su desarrollo económico ¿porqué no una inversión privada más allá de la hostelería, y políticas que la faciliten? Si nos interesa la movilidad ¿porqué tantas dificultades con el transporte público?

Escribo de un barrio que está dejando de ser barrio en una suerte de demagogia y entonces en poco tiempo perderá por completo su valor, el de parque de atracciones y el de museo. Porqué no es sostenible. Y entonces se caen las fachadas, se cierran negocios, se abandonan las viviendas, las calles se llenan de porquería… Y esa porquería se convierte en arma arrojadiza entre partidos, y los vecinos, cada vez menos, siempre en medio como observadores de excepción. Desde CCOO exigimos ‘Política de Estado’ en el Albaicín por sus gentes, por su riqueza cultural y por su potencial económico, un espacio en que dialogar fuerzas políticas y agentes sociales para sacar al barrio, y a la ciudad, de nuestro crónico inmovilismo.

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