Rafael Guillén Itinerario poético en Granada

Felipe R. Guindo. El Deimacán. 18-01-2014

Me acerqué al Cancionero-guía para andar por el aire de Granada de Rafael Guillén, aún indeciso. Lo consulté (he de confesarlo) porque su título revelaba, a todas luces una opción certera para la elaboración del presente itinerario poético. Lo que me hizo decidirme por estos versos no fueron los versos (válgame la redundancia); lo que me convenció fue la introducción que adjuntó el poeta.

Me avergüenza reconocerlo: espero que mis nada numerosas lecturas, limitadas más de lo que me gustaría por los escasos años de mi vida, no hagan que la siguiente aseveración resulte demasiado aventurada. En cualquiera de los casos, la expresaré: No debe haber descripciones de Granada más bellas que la que Guillén nos ofrece en la introducción. Ruego que se me perdone mi particular inclinación por la prosa, pero el poeta nos habla en la introducción de una Granada de miradores en los que en vano intenta refugiarse la tarde. De la humedad y la frescura que ya no cabe en los aljibes, y se derrama y rueda por el empedrado. Una Granada de casas, crujientes bajo el sol del medio día, de una luz que no parece externa, que surge como un latido en el interior de las casas, del fresco rumor de una fuente oculta… Estas imágenes elocuentes, poéticamente locuaces, que en pocas sílabas es capaz de evocar una Granada vernácula y propia, desde una perspectiva accesible sólo para el que ha nacido en su seno, está presente en la introducción pero contagia los versos contenidos en el libro. La poesía de Guillén es magistralmente elocuente, en este caso, métricamente sencilla, despojada de todo artificio y, al contrario de lo que debiera pensar cualquiera, también de toda afectación. No nos encontramos a un poeta emocionado que nos ofrece a la Granada de su corazón, no. Estos poemas son un cristal diáfano; reúne unas pocas palabras un aspecto inconfundible de la ciudad y nos lo entrega con toda su belleza, una belleza familiar y reconocible para el que ha recorrido sus calles, sus rincones, su luz y sus paisajes.
Nos dice el poeta: «Yo no puedo escribir sobre Granada. Yo sólo puedo pronunciar su nombre, y que el aire ponga lo demás. […] Yo soy nacido en Granada, habitante de Granada, estoy tan dentro del misterio que necesito un sueco o un japonés que venga y me lo explique. Yo digo Granada, y basta». Guillén pronuncia Granada, esto es, nos la da en sus versos mediante imágenes por entero locuaces; pero ni la explica con el sentimiento, ni la proclama, eso, ha de ponerlo «el aire». Este aire es un concepto particular, es algo que no es del poeta, es algo que está y que es inconfundible. Es una suerte de palpitación latente; «cada ciudad tiene su aire» y el viajero lo percibirá no por los versos, sino porque existe y está presente en sus rincones. La Granada de estos versos se siente por que el poeta ha sabido señalar su aire muy certeramente, la Granada que existe y por la que puede perderse; no se trata de una Granada personal y subjetiva, como una construcción poética, ajena, elevada y apartada de la ciudad que existe. La Granada del Cancionero-guía es una Granada sensible, en el sentido de que puede verse, puede tocarse y puede respirarse su aire.
Vayamos a los versos. Los que voy a señalar podrán encontrarse en la primera parte del libro, titulada como Apuntes del Albaicín (noche), detalle crucial lo puesto entre paréntesis.
Noche de oscuros jardines.
En las cancelas conversan
los duendes de los aljibes.

Detrás de las referencias inconfundibles a los aspectos urbanísticos del Albaicín, tales como los aljibes o esas cancelas y jardines que nos evocan al instante el típico carmen granadino, se esconde un Albaicín de magia, de noches de misteriosos jardines que son herencia directa de los moros. El jardín como escenario de misterio es muy propio de Granada, y está en la Alhambra, en el Carmen de los Mártires, y en las historias acontecidas en ambos emplazamientos. También, un Albaicín de tradición; las madres decían a sus hijos que en los aljibes vivían martinicos, unos duendes propios del imaginario mágico del sur de España. Se les decía esto a los niños para que no se acercaran a los aljibes, asustados de estos seres.

Guillén nos trae el agua una y otra vez, ya sea a través de los aljibes (en varias ocasiones), como en el caso anterior, o como en el siguiente:

El agua lleva tu sueño,
dormida te lleva el agua,
el agua que yo no bebo.

Dormida sobre el silencio
del cante que no te canto
porque lo canto por dentro.

Que hay noches que me desvelo
de tanto soñar de día
lo que sueño cuando duermo.

¡Ay,
Que el agua se lleva tu sueño!

El poeta es muy consciente de lo que el agua ha significado en Granada. Surtida por entero por el Darro y el Genil, reverdecida por las cuantiosas corrientes que vertía la nieve de la Sierra. Granada está saturada de acequias, de chorros, de pozos, de baños… toda la Alhambra es un espectáculo arquitectónico en cuanto a abastecimiento de aguas… ¿Cómo no iba a ser amada por los musulmanes que habían pasado su vida en el desierto? ¿Cómo no iba a ser llorada por Boabdil? ¿Cómo no íbamos a heredar los granadinos de hoy tan poderosa admiración de los árabes por esta Granada de agua fugitiva?

El anterior poema pertenece a la segunda parte, llamada La «soleá», que es un género musical muy propio de esta tierra y cuyo eje fundamental es el lamento, la desolación. Son poemas que, por un lado, reflejan la vida social y rural de la Granada de la segunda mitad del siglo XX, y por otro lado expresa la desolación de un individuo ante los amores de una dama. No me engañé antes: los versos de Guillén no están contagiados de afectación ni de sentimentalidad, sino que reflejan algo un aspecto intrínseco de Granada: el amor fatal, la desesperación por la mujer terrible e ingrata capaz de hacer enloquecer al más prudente de los hombres. Es un eje que atraviesa nuestra historia desde aquella Isabel de Solís de Muley Hacén, incluso, me atrevería a decir, desde la astuta Scheherezade de Las mil y una noches, hasta el siglo de los Románticos que dieron vida al mito de Carmen, esa mujer fatal y terrible encarnada en una bellísima gitana. Carmen está detrás de estos versos de La «soleá»:

Tocando están con tus hierros
los hierros de mis balcones,
y el viento pasa por medio.

Entre el dejarte y la duda
tú me pusiste a elegir.
Te dejé. Tuya es la culpa.
Pero no dudé de ti.

Y es tu calle tan estrecha
para que quepa tu cuerpo
pero no quepa mi pena.

De nuevo los inconfundibles rasgos arquitectónicos: los balcones, las calles estrechas. Y a Carmen:
Me perdí por encontrarla
¡Qué pena no tener pena
cuando suena una guitarra!

O más adelante:

Vete y que un rico te pague,
que a mí no me cobras tú
lo que te dieron de balde.

Guillén nos habla una y otra vez de silencio y de muerte. Lejos de ser una imagen tétrica o fúnebre, nos evoca una faceta de sosiego particular de Granada; la de la noche y la del mediodía:

Por el filo de las cuestas,
un cortejo silencioso
de blancas paredes muertas.

La siguiente imagen, valdrá para el Carmen de los Mártires:

Frescor de huerto cerrado
para el sopor de la siesta.
Zumba el sueño por las ramas
de la higuera y una abeja
va persiguiendo su sombra
sobre el agua de la alberca.

Y en el siguiente habrá de verse el modus vivendi de la Granada del siglo pasado, con labriegos, señoricos y mujeres en la puerta al atardecer:

El atardecer despierta
resonancias escondidas.
Muchachas recién vestidas
salen a regar la puerta.
En el harén de la huerta
manda el duende de la rosa.
Por la calle, que rebosa
espuma de enredadera,
van borricos en hilera
cargados de cualquier cosa.

Rafael Guillén declara en su poesía su patria granadina, inconfundible y auténtica; en sus versos sabremos reconocer nuestra propia ciudad. Es un trabajo genuino e indiscutiblemente bello. Una colección de instantáneas que encierran fielmente ese aire del que nos habla; lo conserva con su olor y su frescura, sin perder su autenticidad ni su esencia.

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