Prensa: ¿Y si el número de turistas no fuera la medida del éxito?

Turismo masivo de paso

Turismo masivo de paso

Seguimos recopilando noticias sobre el turismo y la vida cotidiana vecinal que nos llega desde otras ciudades, este titulado ¿Y si el número de turistas no fuera la medida del éxito? Habla del caso de Sevilla pero nuevamente bien podría tratarse de aquí.

Esta afirmación de Javier Hernández-Ramírez, profesor de Antropología social en la Universidad de Sevilla es 100% aplicable a Granada y en más de una ocasión hemos usado una expresión similar:

«en las zonas de mayor especialización turística, todo se hace para crecer en el desarrollo turístico, y sin embargo hay pocas intervenciones que se hagan pensando en la población residente en esos barrios, y en la propia población de Sevilla»

Fuente: El correo web


«Yo hablo de un modelo de desarrollo turístico en el que el turismo pueda convivir con la vida. Que no sea una actividad hiperespecializada que lo ponga todo a su servicio». Firma la opinión Javier Hernández-Ramírez, profesor de Antropología social en la Universidad de Sevilla, empeñado en levantar una voz reflexiva en medio de la avalancha de cifras que hablan del innegable éxito y el ininterrumpido crecimiento del sector turístico en Sevilla.

«Echo de menos una visión sobre qué es lo que queremos. Creo que la visión del turismo como crecimiento en número de viajeros, la que sostiene la premisa de que el desarrollo turístico va acompañado de un volumen mayor de visitantes, es más que cuestionable», resume.

En el sector se apela a menudo a la necesidad de implementar estrategias que traigan turismo de calidad a la ciudad. Pero este tampoco es un concepto claro. «Algunos hablan de calidad en el turismo, e inmediatamente después hablamos de éxitos en cuanto a número de turistas. Eso se ve en la prensa y se interpreta de forma acrítica como éxito. Esa visión, en Sevilla, habría que revisarla. Éxito en turismo y número de turistas no está relacionado», opina Hernández, y esa simple reflexión suena a algo pocas veces escuchado.

Para proponer su propio concepto de turismo de calidad acude a una voz autorizada, la de la Organización Mundial del turismo (OMT), el organismo de las Naciones Unidas encargado «de la promoción de un turismo responsable, sostenible y accesible para todos», cuya sede está en Madrid. Cuando la OMT habla de turismo de calidad se refiere aclara «a un modelo que sea capaz de conciliar el legítimo derecho al negocio turístico con la vida y con el uso de la ciudad, con el derecho a la ciudad de sus vecinos, de la población nativa. Ese es el marco teórico».

Ocurre, sin embargo, que «en las zonas de mayor especialización turística, todo se hace para crecer en el desarrollo turístico, y sin embargo hay pocas intervenciones que se hagan pensando en la población residente en esos barrios, y en la propia población de Sevilla».

Un problema íntimamente relacionado con el de la realidad del turismo en la calle, día a día, es el del escaso debate que se produce en torno a una actividad cuya importancia en términos económicos es enorme en Sevilla. «Pienso que es necesario que la gente opine, que haya foros participativos, y que los nos dedicamos al análisis del turismo, desde distintas disciplinas, podamos intervenir en lo público, en la planificación, en la regulación, el diseño, o al menos en los debates. Es verdad que hay un silenciamiento. Algunos entienden que es un punto de vista negativo, que va contra los intereses del desarrollo turístico. Yo creo que no. Lo que hacemos es tratar de buscar fórmulas de sostenibilidad del negocio, pero también de nuestro modo de vida», cuenta Hernández-Ramírez.

Explica luego que, de manera general, el sector turístico «tiene una visión muy de empresa y turisticocéntrica. Para ellos un turismo de calidad es un turismo que deja dinero. Hablan de turistas que puedan consumir productos caros. De forma que la manera de combatir el turismo de masas es la élite». Su visión parece más original de lo que es, porque tampoco es Javier Hernández-Ramírez el único que defiende un planteamiento distinto en el ámbito del turismo. Lo aclara en pocas palabras: «Yo hablo de un modelo de desarrollo turístico en el que el turismo pueda convivir con la vida. Que no sea una actividad hiperespecializada que ponga todo a su servicio». Plantea luego una serie de cuestiones: «¿Por qué el turismo tiene que estar reñido con otras actividades, con el uso de las plazas y las calles».«Turismo de calidad sería, para mí, un turismo en el que los vecinos puedan seguir viviendo en su ciudad, los empresarios se beneficien y los turistas vean una ciudad vivida», ratifica.

Hay enclaves turísticos, como Barcelona o las Baleares en España, o Amsterdam y Santorini en la Unión Europea, que ya trabajan en la puesta en marcha de medidas que impidan la masificación que sus calles sufren en temporada alta. El Ayuntamiento de Sevilla ya habló a finales del año pasado de la posibilidad de cobrar una tasa turística. «El turismo tiene unos costes que de alguna manera tiene que sufragar el sector», señala Hernández, que valora con prudencia esta opción. «Creo que la iniciativa del Ayuntamiento es positiva siempre y cuando se dirija a la mejora de la ciudad. Si la tasa fuera dirigida, por un lado, a garantizar esa conciliación entre ciudad y turismo es positivo para los turistas y para los ciudadanos. Hace falta una contraprestación: el turismo tiene unos costes. Todo el mundo habla de sostenibilidad, pero a la hora de la verdad brilla por su ausencia. Iniciativas como ésta, bien explicadas, la mayor parte de los turistas lo aceptarían bien». Es una opinión.

La museificación de la ciudad y el Patio de los Naranjos

Estuvo abierto hasta 1992, cuando se cerró para la ‘Magna Hispalensis’. Se ha convertido en un espacio dedicado en exclusiva al uso turístico

Javier Hernández-Ramírez, doctor en Antropología Social de la Universidad de Sevilla, utiliza la situación del Patio de los Naranjos como ejemplo de un proceso que llama «museificación de la ciudad» y que conviene definir. «El turismo mal entendido excluye de su espacio a cualquier otra actividad. Es una actividad que, mal entendida, monopoliza los centros simbólicos de la ciudad, y los lugares anteriormente habitados, donde había vecinos, tiendas, gente, paulatinamente se museifican. La ciudad se convierte en un museo fósil que se ofrece como un lugar de la historia, pero la historia allí ha dejado de discurrir. El paradigma de museificación es el Patio de los Naranjos», suelta de un tirón.

Lo cierto es que, hasta 1992, ése era un espacio público. Lo recuerdan muchas generaciones de sevillanos, que lo usaban de manera habitual. En aquel año, el año de la Expo, la Catedral se transformó para acoger la exposición Magna Hispalensis, que alcanzó el millón de visitantes. Supuso también que el Patio de los Naranjos, que se cedió de manera temporal, durante el tiempo que durara la exposición, no volviera a abrirse al público. Hasta hoy.

Explica Hernández que el patio, «históricamente, desde que fue mezquita, ha sido un espacio social. Durante siglos ha estado usándose. Ha sido un lugar de vida, de dinamismo, y siempre un lugar turístico, pero de uso cotidiano. La gente cogía Virgen de los Reyes y para ir a Alemanes cruzaba por allí, los niños jugaban a la pelota, los novios se acariciaban en las esquinas, los mayores se sentaban, la gente se hacía fotos en las comuniones, era un lugar con una vida enorme. Y había turistas».

La asociación Ben Basso fue una de las más activas a la hora de reivindicar, una vez pasados los actos del 92, la reapertura al público del patio. Su actual presidente, José Manuel Baena, explica que su postura no ha cambiado: «Mantenemos la misma opinión que hace 15 años. Era un espacio público, de hecho lo usaban los ciudadanos, y bueno, poco a poco se ha ido cerrando. Y los ciudadanos no tienen acceso libre». Insiste Baena, y en eso coincide con todos quienes critican la pérdida del patio como espacio público, en que «esa función pública de la plaza se ha perdido».

Retoma Javier Hernández su discurso acerca de un cierto modo de entender el turismo y sus repercusiones en el espacio del Patio de los Naranjos. «Creo que es el ejemplo de cómo no se debe hacer una gestión patrimonial. El patrimonio tiene que estar con la gente, el patrimonio es la gente. No puedes separarlos, porque entonces ya no es patrimonio, ya es un edificio histórico». Y llega la museificación y, en su opinión, con consecuencias: «Los elementos simbólicos de la ciudad se alejan de sus propios protagonistas, de sus depositarios. Cuántos sevillanos nacidos después del 92 han ido al Patio de los Naranjos». Y así, se produce una paradoja: «Los espacios con mayor valor simbólico, en el sentido de que representan a la sociedad, están cada vez más separados de la propia población a la que representan. Es claramente un problema».

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