Mujeres de Granada. Las tejedoras del Albaicín (1898-1976)

Libro muestrario de tejidos de la fábrica San Miguel. 1940 aproximadamente. GiM2014

Libro muestrario de tejidos de la fábrica San Miguel. 1940 aproximadamente. GiM2014

Entre las calles Pagés y Agua, Francisco Ferrer levantó en 1898 la fábrica de tejidos “San Miguel”

GranadaiMedia, 12-03-2014

Es verdad que Granada no se caracterizó nunca por el brío industrial, y que el dinero que circulaba por aquí fue, y sigue siendo, el que entraba de las personas que venían a ver la nieve o a perderse por una ciudad que arrastra ahora más que nunca la imagen romántica de los monumentos y los paisajes. De pequeños nos llevaban a las Cervezas Alhambra cuando tocaba el tema de la industria, pero yo sólo recuerdo largos tubos de cobre bruñido que se parecían mucho al órgano de la Catedral y el intenso olor a lúpulo que nos aturdía al poco rato.

Por eso, descubrir que en el Albaicín existió hasta hace no mucho una fábrica de tejidos fue toda una sorpresa. Entre las calles Pagés y Agua, Francisco Ferrer levantó en 1898 la fábrica de tejidos “San Miguel”, que durante muchos años suministró telas para sacos, costales, mecedoras, hamacas y albardas para burros entre otras muchas especialidades. “San Miguel” contaba además con un despacho en el centro que se situó primero en la calle Marqués de Gerona y más tarde se desplazó hasta la calle Mesones.

Francisco Ferrer y su familia levantaron un pequeño emporio que llegó a tener hasta cien empleadas y que a juzgar por la documentación conservada gozaron de cuantos derechos laborales pudiera haber en la época.

Libretas de identidad del Régimen Obligatorio del Seguro de Maternidad, capitalizaciones para la ancianidad, mutualidades, montepíos laborales y todo tipo de permisos y reglamentos del Ministerio de Industria conforman varias decenas de cajas que se conservan en el Archivo Histórico Provincial de Granada gracias a la voluntad de los herederos de Ferrer. Las relaciones de oficios detallan cómo había tejedoras, canilleras, urdidoras, rodeteras o anudadoras, todas divididas en oficialas de primera y segunda, y que según los libros de salarios, una tejedora de primera, ganaba casi la mitad que un oficial de segunda varón. Los contratos de aprendizaje son tan meticulosos que incluso detallan cómo “el empresario también deberá dejarle tiempo prudencial para que pueda cumplir con sus deberes religiosos y cívicos, permitiéndole su asistencia al Frente de Juventudes para que pueda recibir de éste formación integral”. 

Ya sólo es cuestión de imaginarlas: los dedos que a duras penas sabían estampar una firma en los partes de trabajo o que dejaban su huella dactilar sobre el papel eran los mismos que bregaban a diario en largas jornadas, sentadas en sillas de anea o de pie en una fábrica que a la fuerza debía ser fría y destartalada. Viudas y casadas, con hijos la mayoría. Se llamaban María, Carmen, Angustias, Araceli o Josefa. Todas ellas como pequeñas arañas en la cima del Albaicín tejieron esa parte de la historia tan ignorada como es la de saber quién estuvo detrás de cada objeto que usamos a diario, de las telas y tejidos que soportaron la existencia de los granadinos de hace muchas decenas de años.

Con este artículo pretendo rendir un pequeño homenaje en la semana del 8 de marzo a aquellas otras trabajadoras textiles que fallecieron víctimas de un incendio en Nueva York en 1911.

Carmen Robles

Certificado de pluses por número de hijos

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