La vida en Venecia: anatomía de una ciudad

En los últimos años, la explotación de los espacios urbanos a mano de la industria turística ha llevado a un aumento difuso de la conflictualidad social.

Fuente: Nueva Tribuna, 26-04-2018

En los últimos años, la explotación de los espacios urbanos a mano de la industria turística ha llevado a un aumento difuso de la conflictualidad social: de Barcelona a Berlín, de Río de Janeiro a San Francisco, las ciudades han comenzado a sublevarse contra el impacto económico y social de las hiper-turistización. El fenómeno ha alcanzado niveles importantes también en Venecia, ciudad en la cual los efectos de la falta de políticas a largo plazo, destinadas a contener y gestionar el turismo de masas, se ven incrementados por la crónica sangría de residentes. La combinación da como resultado una erosión constante de los espacios disponibles para el desarrollo espontáneo de la vida urbana, ya que éstos son embestidos inevitablemente por la marea creciente de visitantes y, por lo tanto, en la práctica desactivados como lugares de ciudadanía, o privatizados por medio de operaciones de venta del patrimonio inmobiliario público llevadas a cabo con cada vez mayor frecuencia por las administraciones municipales, regionales y nacionales. Estrangulado por el Pacto de Estabilidad, el Ayuntamiento de Venecia es particularmente activo en este sentido: cada pocas semanas se anuncia la venta de otro edificio más de propiedad pública, lo cual suele significar irremediablemente que un nuevo hotel está a punto de inaugurar. Como consecuencia, las protestas y las acciones de los residentes están multiplicándose: entre los incontables casos estallados en los últimos tiempos, el del Antiguo Teatro de Anatomía tal vez sea el que más clamor ha despertado.

La escena mencionada describe perfectamente el sestiere de Santa Croce, un barrio que, pese a estar situado tácticamente entre la terminal de autobuses, la estación de trenes y la zona de Rialto, todavía logra mantener la que se podría definir una verdadera vida de barrio. Su corazón pulsante es Campo San Giacomo da l’Orio, con sus bancos bajo los árboles, los niños haciendo la plaza suya con plena libertad y una Sociedad Benéfica que cada verano organiza una feria. Claro está que aquí también ha llegado la mercantilización para uso turístico del espacio urbano: la plaza está rodeada por las terrazas de los bares y restaurantes que se han multiplicado en pocos años, con un nuevo hotel a punto de abrir sus puertas en un palacio que antes fue sede universitaria, y toda la plétora de los apartamentos de alquiler por días punteando el vecindario.

La última vida del inmueble situado sobre el lado oeste de la plaza está vinculada a las actividades del OCRAD (Organismo Cultural Recreativo y de Asistencia Empleados) de la Región Véneto, aunque como muchos edificios venecianos, éste también ha sido muchas cosas más. Nacido como teatro anatómico de la ciudad, luego quemado en un incendio, a lo largo de los siglos ha hospedado: la biblioteca y archivo del Colegio de los Médicos y Cirujanos, la primera escuela de obstetricia en Italia, un almacén de materiales de construcción, un mesón, la sede del Arcigay y finalmente la oficina regional infrautilizada que se mencionaba arriba. Hace un tiempo la Región había incluido la propiedad en su listado de bienes alienables: tras varios intentos de subastarla, el 21 de septiembre 2017 se vendió a través de negociación privada a un empresario local, propietario de grandes cadenas de supermercados, el cual nunca ha ocultado su intención de abrir ahí el enésimo restaurante. Sin embargo, esto todavía no ha ocurrido debido a que, pocos días después de la escritura, un grupo de ciudadanos logró colarse en el inmueble y reabrirlo: de este modo, los locales del Antiguo Teatro Anatómico, más conocido como Vida (“parra” en dialecto veneciano, nombre del mesón que aquí hubo en los años 70), en cosa de un par de días se transformaron en un centro comunitario autogestionado.

La acción ha sido reivindicada sobre la base de dos supuestos. Para empezar, un dato objetivo: el plan regulador de la ciudad de Venecia prevé que el inmueble en cuestión pueda tener exclusivamente un uso socio-cultural, y no comercial o receptivo. Para poder desarrollar actividades de restauración sería necesario que la administración municipal –que no la regional, la cual no tiene jurisdicción en la materia– autorizara un cambio de uso. Sospechando la suerte que le podía llegar a tocar al lugar, es decir, la implacable reconversión en espacio abocado al turista, un grupo de asociaciones y comités locales, de los que son parte algunos de los miembros más activos de la comunidad que se ha generado alrededor de la Vida, ya en 2015 habían presentado a la Región algunas propuestas para dotar esos espacios de contenidos culturales de interés público. Nunca obtuvieron respuesta.

El segundo supuesto tiene carácter más ético, y surge de la convicción de que quien gobierna la cosa pública, a cualquier nivel, no lo hace en cuanto poseedor a priori de semejante autoridad, sino porque ésta le ha sido otorgada directa (a través del voto) o indirectamente (en tanto que figura designada por representantes elegidos) por los ciudadanos. En base a este mismo principio, los bienes llamados públicos no son de considerarse tales en cuanto propiedad de la administración pública, sino del pueblo, que simplemente ha delegado su gestión a los organismos institucionales. Por lo tanto, la Región no tendría la autoridad moral para vender un bien reclamado hace ya tiempo por los ciudadanos. Es sobre esta base que los protagonistas de esta acción de reapertura no la han entendido nunca como una ocupación, cosa que desde el punto de vista estrictamente legal es – de hecho las denuncias no se han hecho esperar, y hay un juicio en curso – sino más bien como la devolución legítima a la ciudad de algo que le pertenece y que no debe ni puede ser alienado.

La reapertura del Antiguo Teatro de Anatomía ha representado la aparición de un escenario inédito en la ciudad: un espacio libre y gratuito –nada de carnets asociativos ni eventos de pago– dividido en cinco ambientes con funcionalidad variable, una suerte de contenedor disponible a las ideas de la ciudadanía, donde cualquiera podía proponer una actividad –teatro, danza, lecturas, música, debates– en nombre de la plena codivisión de las vivencias y los saberes. Este espíritu de apertura ha convertido la Vida en una realidad transversal, intergeneracional, híbrida, haciendo que desde el comienzo se poblara de personas de edad, extracción social y afiliación muy diversas, que aquí han encontrado una respuesta a la evidente falta estructural de lugares agregativos alternativos a la calle o la taberna. El entusiasmo con que se ha recibido este experimento de gestión desde abajo, y las energías sociales que gracias a él se han activado, hablan de una fuerte necesidad de participación e implicación en iniciativas colectivas que, al fin y al cabo, es la mejor manera, tal vez la última que nos queda en esta ciudad, de sentirse ciudadanos activos. Demostración de esto es el hecho de que, cuando en noviembre –momento en que se acercaba el vencimiento del plazo para ejercer el derecho al tanteo que, sin embargo, ninguna institución pública ha reclamado– el suministro de luz y calefacción fue interrumpido con la idea de que fuera suficiente para convencer a los ocupantes a levantar el campamento, esto no pasó. A la luz de muchas velas, con el calor proporcionado por un par de estufas de gas, la programación siguió durante todo el invierno.

El desalojo siempre estuvo en el aire y, de hecho, la orden de desocupación había llegado casi enseguida; sin embargo, la campaña para las elecciones generales estaba retrasando la intervención policial. Ésta aconteció precisamente el 6 de marzo, un día después del cierre de los colegios electorales. Ciento cincuenta agentes: un despliegue de fuerzas que por estos lares no estamos acostumbrados a ver. No era necesario: los activistas y simpatizantes que habían acudido alertados por el tam-tam telefónico no opusieron resistencia alguna y se preocuparon, más bien, de poner a salvo todos los objetos que poblaban la Vida. La cual, sin embargo, no acabó ahí. Como habréis adivinado, se ha trasladado simplemente: a la plaza. Muebles, libros, juguetes, material electrónico e instrumentos musicales han sido en parte repartidos en lugares seguros en las inmediatas cercanías, en parte acomodados debajo de la carpa que aún hoy permite seguir adelante con las actividades. El sábado siguiente al desalojo se convocó una manifestación de apoyo a esta experiencia tan inusual para una ciudad que parecía ya resignada: un desfile concurridísimo y multicolor que fue cruzando el centro en reivindicación de espacios para la ciudadanía y contra el expolio de los bienes públicos.

Poco antes del desalojo, el debate interno giraba alrededor de dos ejes principales: por un lado, la sustentabilidad económica de un proyecto que ha querido siempre mantener los intercambios monetarios en niveles mínimos y, por el otro, la redacción de un conjunto de reglas de la casa de cara a la gestión comunitaria del espacio. Los hechos del 6 de marzo han conllevado necesariamente un cambio drástico en la agenda de las prioridades: por obvias razones, en este momento sobre lo que hay que concentrarse ya no es tanto la gestión interna, sino en la inevitable apertura hacia el exterior de este experimento que nunca ha querido ser un asunto meramente de barrio. Los esfuerzos se dirigen ahora en dos sentidos: en el nivel local, hacer red con el concurrido microcosmos de las realidades asociativas venecianas, que cada vez más están convergiendo hacia un corpus de reivindicaciones comunes, vinculadas esencialmente a la defensa de la residencialidad y la promoción de políticas de contraste al monocultivo turístico. En un plano más amplio, la experiencia de la Vida se inscribe de pleno en aquella corriente que, cruzando toda Italia desde hace varios años, lucha por el reconocimiento legal de los usos colectivos de los llamados bienes comunes. En este sentido, aparecía como un paso natural y obligado en este movimiento de extroversión de la Vida, la organización, en colaboración con la asociación Poveglia para todos –otro gran colectivo ciudadano del que tanto se habló en su día cuando intentó con un crowdfunding comprar una isla de la laguna para salvarla de ser convertida en resort exclusivo y mantenerla así pública- de las jornadas que tuvieron lugar a mediados de abril, bajo el lema “El otro uso: usos cívicos y patrimonio público”. Dos días en que colectivos procedentes de todo el país han estado compartiendo experiencias y debatiendo sobre la posibilidad de impulsar una ley de iniciativa ciudadana que reconozca la gestión comunitaria de los espacios abandonados o infrautilizados, yendo más allá la lógica binaria de propiedad pública versus propiedad privada. También se habló largamente del turismo de masas, y de hecho ha sido en esa ocasión que se ha comenzado a dar difusión al manifiesto de la recién estrenada Red de Ciudades del Sur de Europa ante la turistificación SET, de la que Venecia es un nodo.

Si en lo referente tanto a la lucha contra la turistización de las ciudades, como a la defensa de los espacios de ciudadanía, las energías están básicamente canalizadas hacia el establecimiento de alianzas y sinergias con otras realidades, esto no significa en absoluto que la batalla en defensa del Antiguo Teatro de Anatomía haya sido abandonada: a lo mejor no se podrá bloquear la venta del inmueble, pero el frente del cambio de destino de uso está todavía abiertísimo. Hace pocos días se ha presentado una instancia formal al Ayuntamiento para que la comunidad, considerada sujeto portador de interés, sea informada de cualquier procedimiento relativo al local en cuestión. Esta acción, que garantiza que ningún acto administrativo pueda ocurrir a oscuras de los ciudadanos, representa un ulterior paso hacia la recuperación de una capacidad de acción autónoma demasiado a menudo adormecida cuando no incluso negada, tanto desde afuera como desde los mismos sujetos que de ella son portadores.

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