PRENSA. El Paseo de Romayla: un proyecto que admite más debate

El Paseo de Romayla es parte de una iniciativa que arranca en el año 2000, cuando La Alhambra adquirió la parcela del carmen de las Chirimías –vulgo Reuma- y planteó su rehabilitación para uso cultural.

Ideal, 20-07-2020

Pero no ha sido hasta noviembre de 2019 cuando la firma de un convenio entre Ayuntamiento y Patronato ha dado vía libre a su realización. A la vista del mencionado convenio y a la espera de que se conozca con cierto detalle el proyecto que están redactando los servicios técnicos del Ayuntamiento, resulta oportuno plantear algunos interrogantes y proponer ciertos elementos de análisis sobre una intervención de las que hacen ciudad y que no debe ser sustanciada como un mero trámite administrativo.

Una primera consideración tiene que ver con el alcance territorial. De acuerdo con el convenio citado, se trata de actuar en el tramo comprendido entre los puentes del Algibillo y las Chirimías mediante un repertorio de operaciones que incluyen la apertura del cauce del barranco del Rey Chico, pavimentación, saneamiento, red de alumbrado, ajardinamiento y reforestación de las paratas inmediatas al río, así como las señalizaciones y el mobiliario urbano de rigor. Entiendo que la actuación se queda corta en su delimitación y debiera abarcar un eje mayor, al menos desde la fuente del Avellano hasta la puerta de los Tableros e, incluso, hasta Plaza Nueva, siguiendo el curso natural de la acequia y considerando sus conexiones transversales.

¿Significa esto que haya que construir en todo el recorrido un paseo, ampliando el modelo doméstico previsto en el convenio? En absoluto. De lo que se trata es de incorporar itinerarios existentes, como el Paseo del la Fuente del Avellano. Una de sus conexiones transversales permitiría enlazar con el viario que desde la Cuesta de Gomérez bordea la Alcazaba a través del barrio de la Churra y se adentra sobre el Darro: un sugerente recorrido que planea visualmente sobre el Albaicín, pero que hoy es un culo de saco que no conduce a parte alguna, porque no es posible acceder a la cota de Santa Ana salvo despeñándose. Se habilitaría con ello otro modo de acceder a la Alhambra y poder transitar en paralelo y con más sosiego –al resguardo de taxis, microbuses y patinetes- frente a la saturada Carrera del Darro. Por último, resulta fundamental recuperar el acceso tradicional de la Cuesta del Rey Chico a través del camino que serpenteaba entre las ruinas de los molinos, el acueducto, la puerta del bosque y la cerca de la Alhambra, planteando una alternativa más digna para iniciar el ascenso hacia La Alhambra.

Una segunda interrogante surge en torno a los mecanismos de participación, coordinación y liderazgo en torno a un proyecto global conjunto y coordinado, que no sabemos si existe y del que solo se conocen hasta el momento tres actuaciones parciales. En cuanto al liderazgo, no se entiende muy bien el protagonismo que asume el Ayuntamiento –encargado de la redacción del proyecto técnico, licitación y dirección de obra- en relación con lo poco que aporta. Si el Patronato de La Alhambra es titular de buena parte del terreno y paga la totalidad de los 1,8 millones de euros en que está presupuestada la intervención, lógico es que la liderara, redactando un proyecto tan implicado con el propio monumento y asumiendo el control de su ejecución. Cuenta para ello con profesionales muy cualificados y una dilatada experiencia en el tratamiento de espacios monumentales; y este también lo es.

Una última interrogante se refiere al uso final asignado, que en ningún caso debería ser el punto de partida. Lo prioritario es restaurar con rigor científico y con sensibilidad un paisaje histórico que hoy está abandonado a su suerte; y la utilización debe subordinarse a ello. Los usos preconcebidos, al descartar de partida otras alternativas, hacen inútil cualquier debate y, lo que es más grave, pueden condicionar la actuación con tal repertorio de añadidos constructivos – desde infraestructuras hasta el completo catálogo de artilugios de mobiliario urbano- que haga irreconocible el bien ¿Y si pensáramos que ese espacio a los pies de la Alhambra mantendría mejor su carácter e integridad si lo convirtiéramos en un objeto de contemplación desde la otra orilla, sin necesidad de pisarlo? Del mismo modo que hay grados de intervención, pueden diseñarse modalidades diversas de uso y visita, más selectivas y regladas, compatibles con el acceso puntual a las edificaciones que lo requieran. Entre habitar el espacio o contemplarlo hay todo un repertorio de posibilidades.

Continuando con esta argumentación: ¿sería aconsejable diseñar un itinerario continuo que, partiendo de Plaza Nueva y a través de la Calle de Santa Ana, permitiera recorrer toda la margen izquierda del río? Topamos de nuevo con la aparente antítesis entre el uso social y la preservación de un espacio cultural frágil. Como todo lo que se hace en Granada, es seguro que una opción u otra generarán polémica; pero el intercambio de ideas nunca es negativo, siempre que estas no se utilizan como munición y se abandonen las trincheras maximalistas.

Los interrogantes planteados y aquellos que surjan más adelante pueden tener una respuesta acertada o una solución pactada, aunque no sea la que cada uno desearíamos particularmente, pero siempre que surjan en el seno de un proceso de participación ciudadana que haga honor a su nombre. Información rigurosa no falta e ideas factibles tampoco; basta con leer las aportaciones que sobre los valores culturales y paisajísticos del Valle del Darro vienen haciendo desde hace años arqueólogos, paisajistas, historiadores y arquitectos; lo que hace falta es incorporarlas a un debate productivo. Más allá de las asociaciones de vecinos, que también, existen en la ciudad numerosas instancias con sensibilidad cultural que pueden y deben tener algo que decir; y no me refiero solo a la Academia de Bellas Artes. Lo que falta es implicarlos en un proyecto con altura de miras. Es cierto que todo proceso participativo requiere su tiempo, pero es tiempo ganado para la ciudad. En cualquier caso, ¿es necesario ir deprisa en un proyecto que viene dilatándose desde hace casi veinte años?

JAVIER PIÑAR SAMOS Historiador. Académico de Bellas Artes.

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