PRENSA: El Hotel Reuma: un accidente en el paisaje de la Alhambra

Hoy tenemos la oportunidad de devolver parte de su fisonomía a un paisaje cultural único y admirable.

Ideal, 06-07-2020. JAVIER PIÑAR SAMOS
Historiador. Académico de Bellas Artes

El Patronato de la Alhambra y Generalife ha convocado hace pocos días el concurso para la redacción del proyecto de rehabilitación del edificio denominado Hotel Reuma, inmueble situado a los pies de la Alhambra que fue adquirido años atrás con objeto de establecer allí un centro divulgativo. Se trata con ello de materializar una iniciativa prevista por el Plan Director de la Alhambra y Generalife 2007-2015 y que lleva camino de discurrir con la parsimonia propia de los proyectos culturales que se piensan por y para esta ciudad.

En cualquier caso, ir despacio en asuntos de patrimonio no es malo porque puede facilitar la reflexión y el debate sobre un proyecto como el del Paseo de Romayla, en el que se inscribiría esta actuación concreta, que constituye una pieza fundamental para completar el circuito de la Alhambra y su articulación con la trama urbana en torno al Darro.

Hay que señalar antes de nada lo inapropiado y despectivo del nombre que se asigna a este edificio, solo explicable por ese ingenio corrosivo que se ha convertido casi en género literario granadino. En su origen se llamó Hotel Bosque de la Alhambra y antes de ello Carmen de las Chirimías, sobre cuyos cimientos se erigió el establecimiento, si bien su vida como negocio turístico fue tan efímera como su nombre. Tras su cierre y la fama de humedades que acompañó a su emplazamiento en la umbría, los propietarios lograron alquilarlo a duras penas como casa de vecinos; pasó por alguna que otra inundación y mucho abandono, alojando durante un tiempo a una logia masónica; y hasta hay quien afirma que don Manuel de Falla lo utilizó como residencia de verano, recibiendo esporádicamente las visitas del joven Federico. Con independencia de esos usos episódicos, la finca es uno de los lugares más poéticos, más contemplados y a la vez más abandonados del entorno de la Alhambra.

Quienes creen que tan singular edificio data de tiempo inmemorial y que su antigüedad lo legitima como elemento tradicional del paisaje de la colina de la Sabika, deben saber que se construyó en los primeros años del siglo XX, sin que la originalidad arquitectónica ni la calidad constructiva sean sus puntos fuertes. Se trata de un edificio de su tiempo, reedificado sobre un antiguo carmen y adaptado con eficiencia, parquedad de medios y recursos pintorescos a su función: alojar a turistas europeos y norteamericanos que la bonanza y los nuevos hábitos de ocio de la Belle Epoque dirigían hacia España y su repertorio andalusí. El empresario Manuel Reyes Clavero demostró su pericia al elegir este enclave privilegiado, aunque no le acompañara la fortuna.

Pocos meses antes de que abriera tan flamante establecimiento en la primavera de 1910, el Duque de San Pedro de Galatino había inaugurado la portentosa mole historicista del Hotel Palace en un enclave más estratégico; cerca de él, la vieja fonda de Siete Suelos y el Hotel Washington continuaban siendo la referencia hostelera más acreditada de la ciudad. No era fácil competir en este contexto, tanto más si la insidia granadina lo bautizó rápidamente con un apelativo capaz de espantar a una clientela que buscaba el trópico africano a la sombra de los alhamares.

Como era de esperar, el negocio cerró en 1912 y desde entonces ha permanecido como testigo deslucido de una época en la que abundaron más los desmanes que la preocupación por conservar. Los siglos XVIII y XIX habían recreado la imagen de un río que penetraba en la ciudad alimentando acequias e ingenios hidráulicos, discurriendo amansado bajos sus puentes, sorteando huertas y cármenes.

Esa es nuestra herencia visual, trasmitida al mundo a través de los grabados y litografías de Swinburne, Twiss, Laborde, Cavanah Murphy, Escourt, Girault de Prangey, Lewis y tantos otros. También a través de las fotografías de Clifford, Laurent, Valentine o Curman, pobladas de molinos y acueductos. Casi nada de eso ha resistido ni al tiempo ni a los envites de una modernidad ramplona y provinciana.

El siglo XX, en paradójica coincidencia con la monumentalización de la Alhambra, fue devastador para las acequias, cármenes y molinos del Darro, cuyas piezas más singulares cayeron una tras otra: en 1904 Escoriaza se llevó por delante toda una manzana de casas en torno al puente del Cadí para construir un funicular que nunca llegó a funcionar. Poco antes y poco después, los cármenes del Granadillo y las Chirimías serían seriamente alterados o destruidos. En la década de 1930 se acarició un proyecto de parque de atracciones frente al paseo de los Tristes, con un río entubado –como tanto nos gusta en esta ciudad– y montaña rusa incluida.

Tras la guerra civil, surgió casi de la nada la inefable sala de fiestas del Rey Chico, ardió y fue arrasado el Carmen del Granadillo, el viejo e imponente edificio del molino de papel de las chirimías devino en solar, menudearon los vertederos de escombros y hasta el Patronato de la Alhambra no tuvo empacho en comprar los molinos que aún quedaban en pie y arrasarlos, si bien con la deferencia de mantener el acueducto semienterrado en una explanada inútil. De todo ello queda la casa de las Chirimías –felizmente restaurada– y un puente que no conduce a parte alguna.

El hotel Reuma es un testigo de esa oleada de transformaciones. Sin duda es una pervivencia, pero también un accidente de la modernidad. Cuando se contemplan grabados y fotografías anteriores a 1900, lo que se observa a los pies de Comares es un carmen coronado por una bella y sencilla loggia, no un cubo rematado con cubierta de cinc, más propio de una ciudad francesa de provincias. Esa sorpresa visual cohabita con las murallas de la Alhambra en un vivo contraste que a nadie deja indiferente y alimenta tantas filias como fobias.

Hay quienes desearían verlo convertido en arboleda y quienes argumentan que se encuentra plenamente integrado en el horizonte visual del Paseo de los Tristes y ‘dialoga’ con la Torre de Comares, sin considerar que de un diálogo de sordos difícilmente puede salir una buena idea. Pero unos y otros obvian el hecho de que los pies de la Alhambra siempre fueron un espacio habitado y con un uso diverso en el tiempo. Lo que hoy contemplamos es un capítulo más, quizás el menos digno, de una secuencia de ocupación histórica.

Situados ante ese paisaje cambiante, estamos obligados a repensar la historia y, aunque no podamos cambiarla, tenemos la posibilidad de corregir aquellas evidencias que desvirtúan la esencia del lugar. Obstinarse en conservar acríticamente los restos del pasado, sean cuales sean estos, no basta para considerarse conservacionista. Si a aquellos que dirigieron los destinos de la Alhambra en algún momento –como Guillermo de Osma, Velázquez Bosco o Torres Balbás– les hubiera temblado la mano y el espíritu crítico, aún tendríamos el hotel Siete Suelos ocultando la torre y puerta del mismo nombre, nos toparíamos con un vulgar edificio neo mudéjar ante el palacio de Carlos V y el Partal continuaría siendo la casa de Sánchez.

Hoy tenemos la oportunidad de devolver parte de su fisonomía a un paisaje cultural único y admirable, pero también la responsabilidad de elegir en qué momento de su agitada historia queremos fijar su imagen.

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