PRENSA: El plan de Ciutat Vella en Barcelona: una enmienda a la directiva de libre establecimiento comercial

El pasado 31 de octubre amaneció nublado en 300.000 km/s, el estudio de Mar Santamaría y Pablo Martínez. Aquella mañana recibieron un correo en el que se desestimaba su participación en otro concurso público.

El Confidencial, 12-11-2019

Era un planeamiento de rango superior. La excusa, la de siempre: falta de currículum para acometer el proyecto. «Nuestro estudio tiene solo cinco años y está enfocado a la innovación a partir del análisis de datos… Experimentamos, probamos, nos mojamos y hemos hecho miles de proyectos. Pero parece que esto para los concursos no cuenta, solo que hayas hecho muchos proyectos del urbanismo más clásico», lamenta Santamaría.

Lo que no sabían estos jóvenes arquitectos es que sus problemas de pedigrí estaban a punto de terminar. Ese mismo día, en medio del pesimismo general, sonó el teléfono. Al otro lado, una voz les comunicó que uno de sus proyectos, el Plan de Uso de Ciutat Vella, en Barcelona, acababa de ganar el Premio Nacional de Urbanismo 2019, concedido por el Consejo Superior de los colegios de arquitectura de todo el país. Es la primera vez que se otorga a un equipo tan joven, compuesto por dos personas de menos de 40 años: «Te puedes imaginar: de golpe, una sorpresa y una alegría inmensas», dice la socia.

El suyo no es un estudio de urbanismo al uso: lo último que han hecho es trabajar con BBVA para tasar el valor urbano de sus datos o con Ferrovial para diseñar un plan de reparto en la última milla. «Somos especialistas en diagnóstico de los nuevos problemas a los que se enfrentan las ciudades a través de fuentes de datos», dice Santamaría, «y damos unas recomendaciones, indicamos unas líneas de actuación, pero a menudo no las desarrollamos nosotros». Aunque los fundadores son arquitectos, trabajan a diario con ingenieros, estadísticos, científicos de datos e incluso historiadores, según las necesidades de cada proyecto.

«Ahora ya la gente va comprendiendo qué hacemos pero, cuando empezamos, la mayoría de los arquitectos no entendía por qué recopilábamos datos y pintábamos mapas con ellos», continúa la arquitecta, «solo los periodistas supisteis ver el valor que había en esa información», afirma entre risas.

El de Ciutat Vella es su tercer plan urbanístico. Aprobado en febrero de 2018 y en vigor desde hace unos meses, se trata de un nuevo plan de uso para el casco antiguo de Barcelona, el más ruidoso de la ciudad, donde el 78% de sus vecinos tiene quejas por la elevada contaminación acústica. Es una zona con mucha presencia turística durante el día y más aún de noche. En algunos puntos del Gótico y el Raval incluso se superan los 70 dB de madrugada, 10 por encima de los umbrales del bienestar.

Mapas de saturación de Ciutat Vella de día y de noche.
Mapas de saturación de Ciutat Vella de día y de noche.

Precisamente esta incidencia de la actividad económica en el bienestar de los vecinos es la ventana por la que se ha colado este proyecto para regular el establecimiento de la actividad comercial. Muchos planes urbanísticos han caído en los tribunales desde que España traspusiera la directiva europea de servicios en 2010, pero Santamaría confía en que no será el caso: «Es una directiva que dice que puedes poner tu establecimiento donde te plazca y eso complica mucho la labor regulatoria. Sin embargo, la normativa tiene una excepción siempre que afecte a la calidad de vida, y eso es lo que hemos demostrado con los datos», continúa Santamaría. «En Ciutat Vella hay personas que no duermen, niños que no pueden concentrarse en la escuela y un montón de ciudadanos que deciden marcharse del barrio: en este caso, el argumento de la calidad de vida de los vecinos es impepinable, aunque siempre puede llegar un comerciante y llevarnos a los tribunales, de eso no te libra nadie».

Su idea no pasa por plantear cambios, sino por ofrecer a la administración el análisis más preciso posible. Lo que sí han identificado es que el tamaño de las superficies comerciales es determinante en la cantidad de molestia que genera sobre la población. «Los establecimientos de pública concurrencia, los que tienen mucho tránsito, como bares, teatros o locales de alquiler de bicicletas, muy frecuentados por el turismo, no son aptos para cualquier calle. Hay partes del tejido que son capaces de soportarlos y otros no», dice Santamaría.

Es también, por su naturaleza, una enmienda al urbanismo clásico, organizado por zonas de actividad. «Con respecto a la zonificación de siempre, nosotros añadimos aspectos de comportamiento de la actividad económica y otras variables, como la idea de los impactos y los conflictos. Además, los datos nos permiten definir las actuaciones no solo por zona, sino por edificio o parcela. Podemos ser mucho más precisos que antes y debemos aprovecharlo. Nosotros tenemos en cuenta en Ciutat Vella, por ejemplo, que hay áreas donde el parque de vivienda está en peores condiciones, y entendemos que son zonas que hay que proteger especialmente de las multitudes porque su aislamiento acústico es peor», explica la arquitecta. «El urbanismo clásico también trabaja con datos, pero son de corte estadístico y cartográfico, mientras que nosotros nos fijamos también en otros aspectos».

Para dibujar la realidad cambiante del barrio han obtenido información tanto de bases de datos demográficas, como el INE o el padrón del ayuntamiento, como de fuentes menos habituales, como los sensores de ruido de la ciudad, el mapa de transacciones con tarjeta de crédito o el recorrido de las personas que se conectan a un wifi público: «Y por últimos nos reunimos varias veces con los vecinos para escuchar su análisis, que vino a ser una ratificación de lo que veíamos en el análisis técnico», dice Santamaría.

Su modelo, sostienen, es simulable y evaluable. Se puede predecir el impacto de los cambios gracias a un programa informático y posteriormente valorar la efectividad de cada actuación particular. Más que un plan urbanístico, se trata de una nueva forma de abordar el urbanismo: «Las herramientas que teníamos los urbanistas no son suficientemente poderosas para abordar los nuevos problemas, así que nos generamos las nuestras. Esta es nuestra apuesta: formarnos, avanzar, explorar nuevas técnicas. Los problemas de las ciudades cambian y los urbanistas tenemos que cambiar a la misma velocidad. Sabemos que en Ámsterdam se están ultimando planes similares al nuestro, pero también que estamos en una fase experimental, que por el momento estamos solos y que queda mucho camino por recorrer. En cualquier caso, le agradecemos al Consejo Superior de Arquitectos y al Ayuntamiento de Barcelona el haber sido valientes y haber apostado por una nueva forma de hacer urbanismo. ¡Al menos con este premio espero que dejen de decir que nos falta currículum!«, zanja Mar Santamaría entre risas.

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